miércoles, 15 de diciembre de 2021

Un poco de la Sombra de Daugris.

 


El camino hacia las tierras de Asabiam era largo, más de dos jornadas habían transcurrido desde que Sibni, dejara a su joven doncella Lindallë en las tierras del dominio. Cabalgaba junto a su extraño acompañante, el anciano que había conocido aún en las tierras de la casa de Abp. Sibni miraba a las crines de su caballo con aire melancólico, el recuerdo de las personas que le habían acompañado en la huída rondaba incesantemente en sus pensamientos. Nurtaro, el carnicero de los tenderetes de Baxrda, la bella Lindallë, todos habían desaparecido, todos habían salido de su vida de un plumazo, y tras las largas jornadas de prolongado camino hacia las tierras orientales, parecía que sus rostros comenzaban a difuminarse, como en una espesa neblina, en sus pensamientos.

— ¿Qué le acongoja, mi señora? —Preguntó Adalhard con una mirada compasiva clavada en la dulce Sibni.

La joven, lo miró con aire de añoranza, y dejó salir un suspiro de sus labios, como si de ellos brotara un viento de desesperación.

—Solo recuerdos, Adalhard, solo recuerdos.

—Es oportuno que deje los recuerdos atrás mi señora. —Los campos Dringos no son lugar en que sea conveniente que los sentidos estén alterados, oscuros poderes son los que allí habitan y oscuras intenciones son las de sus moradores.

— ¿Viajamos hacia el sur mi señor?

—Si alteza

—Pensé que nos dirigiríamos hacia el levante, hacia los pasos de Lâr en la región de Agmar.

—Otras sendas son las que nos esperan. Muchos caminos son los que llevan a las tierras ásperas, y pocos son los que los conocen en su totalidad. Antiguos pasos abiertos por los habitantes de la edad del oscuro, caminos que se ocultaron tras el “gran asedio”. Caminos que se abrirán ante los ojos del que quiera desde su más profundo anhelo, desde sus más insondables deseos.

—Adalhard, dijo Sibni con un hilo de voz

—Si alteza

—Temo a lo que nos espera al otro lado de las montañas negras, la sombra del oriente estremece mi espíritu.

—Nada ha de temer el que ha sentido la llamada, alteza —Una fuerza superior a la que le preocupa la observa, la protege, no tema por criaturas de baja estirpe.

—Pero es tierra de Uruks —dijo susurrante la joven.

—No tema a lo que oriente le depara —Por ahora debemos preocuparnos del camino que bajo nuestros pies se extiende.

Sibni, acarició a su montura suavemente en el cuello. Se colocó la capucha de basta lana gris sobre su cabeza y prosiguió un tramo del paso en un profundo y lúgubre silencio.

El sol comenzaba a esconderse por las suaves lomas del occidente, un color rojizo inundó los cielos de Asabiam. Las aves corrían al refugio de sus ramas con un susurro musical que anegaba el cruel silencio de la vereda sureña.

—Alteza a dos horas de camino, en la aldea de Hae, podremos encontrar una posada. Un colchón mullido y una cama donde descansar estos arruinados huesos, el camino hacia las tierras de Agmar, aún nos demorarán un trecho.

— ¿Cuánto mi buen Adalhard? Preguntó Sibni mientras se aferraba a su silla de montar, que tras diez eternas horas, parecía rasgar la piel de sus muslos.

—Si el clima nos es propicio, creo que llegaremos a mediados de la próxima luna nueva.

Sibni miró a su compañero de viaje y le regaló una cordial sonrisa, se revolvió inquieta sobre su silla y contestó a Adalhard.

—Creo mi señor que deberíamos ir a esa posada que afirmaba conocer, se rió jugosamente y aceleró el paso de su montura.

Hae, era una pequeña aldea situada al este del antiguo bosque de Holdwine, en la zona sur de la región de Asabiam. Hae, la distante, era el significado que tenía su nombre en la ancestral lengua de los primeros nacidos.

La aldea se vislumbraba a lo lejos. El humo de las chimeneas dibujaba una pequeña senda grisácea que se alzaba hacia la bóveda celeste y se difuminaba antes de llegar a las nubes. Las cabañas de techo de cáñamo viejo y paja se disponían en dos hileras a lo largo de una calle sin empedrar. Los dos guardias de la puerta se acercaron al centro de la senda y alumbraron a los visitantes que se acercaban al paso.

El juguetero de Wintervale

 


L

as primeras nieves del invierno cubrían con su blanco manto las tierras de los Cartwell de Valle Umbroso. El sol acariciaba con sus suaves dedos la blanca superficie y las primeras luces del día comenzaban a derretir las congeladas gotas de rocío de la pasada noche.Selíra salía de su humilde hogar, como cada mañana al amanecer, por el sendero que atravesaba el bosque de Fernor en dirección a las fértiles tierras del valle. Con las primeras luces del alba, la joven cargaba con unas enormes cestos de mimbre para recoger los frutos que la madre tierra tuviera bien a regalarle. Katlyn, su madre, quedaba en casa absorta en las labores de su telar, intentando acabar con la poca lana que le quedaba, unas calzas para un granjero que vivía a menos de una milla de la humilde casa de piedra de la encrucijada del camino real del norte.

La dama Katlyn era poseedora de la belleza lánguida de las mujeres del norte, belleza que la joven Selíra había heredado. De tez pálida, ojos grandes del color del ónice pulido y una hermosa cabellera que se derramaba hasta  su cintura en una catarata de cabellos del color del crepúsculo. Katlyn miró al cielo y vio aparecer los primeros copos de nieve de la mañana, se apoyó en el quicio de la puerta y sus ojos se dirigieron cautelosos en dirección al camino que conducía a las tierras del valle.

Cada invierno, la dama Katlyn recordaba el alumbramiento de su amada Selíra, cada dos de Diciembre Katlyn recordaba la primera vez que vio el brillo de sus ojos y recordaba como Lord Jarran Cartwell la tomaba entre sus brazos para luego depositarla en su seno y desaparecer en un angustioso silencio. No hubo palabras, solo una triste y desgarradora mirada y el cruel silencio de aquel que parte a la guerra. Cada dos de diciembre Katlyn miraba hacia el camino real del norte como si la figura de su amado Jarran fuese a aparecer sobre el horizonte. Katlyn dio un largo suspiro y aguardo en silencio mientras se estremecía tocada por la gélida brisa matutina. Más de un decenio duraba ya esa larga espera, perdiendo toda esperanza de volver a su amado.

Pero ese día… Ese día ocurrió algo inesperado…

Selíra regresó a casa en compañía de un… Un extraño acompañante. Katlyn se alarmó por unos instantes, pero cuando los dos estuvieron a pocos codos de ella quedó inmóvil como una estatua de piedra.

El caöl soltó suavemente la mano de la niña y tras una profunda reverencia dijo.

—Dwiber, para servirla, mi señora.

—Ohh —Dijo balbuceando Katlyn —Katlyn para servirlo a vos, mi buen…

— ¡Amigo! Se apresuró a decir la pequeña Selíra.

— ¡Un amigo! ¡Sin duda, un buen amigo! —Si vos me lo permitís, bella dama.

Katlyn hizo un gesto dulce de asentimiento con los profundos ojos negros, miró a su hija, no sin asombro e invitó a ambos a que se quitaran el frio del camino en la lumbre de la sala. Katlyn se apresuró a servir un caliente té de menta y jengibre, tomó asiento enfrente del anciano, con un cierto aire de incertidumbre.

—Y… —Y… — ¿Qué le trae a mi humilde morada? Dijo Kat clavando una penetrante mirada al viejo caöl.

Hanne y Gléomer

 


L

a agreste bahía de los susurros, se vio invadida por los cientos de grandes navíos de guerra que arribaban a las desconocidas costas de Dunneresea. Uno de los más importantes puertos del sur del continente, eran Los puertos Blancos, que se situaban en la parte más septentrional de la bahía. Los improvisados puertos, recibían las tropas de los señores anatai que provenían del continente oriental de Luominem, así como a las tropas Istien, de las poderosas casas de Amarth, la tierra bendecida.

Brunn Caswell, el primero de los comandantes anatai en llegar a las recién conquistadas tierras, asumió el gobierno de la ciudad de los puertos por orden del rey Ungowë.

La casa Caswell debía lealtad a la gran casa de Ungowë, uno de los grandes señores de los reinos Chindar de oriente, que los aceptó como vasallos, aún en la era del amanecer, cuando Carden Caswell, abuelo de Brunn Caswell “El príncipe de las sombras” se adentró en las tierras de los reinos de los primeros nacidos, en lo que los maestros denominarían “El gran éxodo anatai”, o en la lengua común, como “El amanecer”.

Brunn había partido a las nuevas tierras de occidente con su esposa Ilyana y los mellizos Jevan y Hanne, de unos dieciséis años de edad. Muy pronto Jevan Caswell, sería llamado a formar parte del enorme contingente de las tropas comandadas por su señor padre y combatir la sombra del poder oscuro en las tierras de Dôr-Jaalan.

Hanne había heredado la belleza de la dama Ilyana, su madre era dueña de la ancestral belleza de las mujeres orientales. Hanne, de tez pálida, salpicada por unas finas pecas que coronaban sus altos pómulos, poseía unos grandes ojos del color del lapislázuli, solo cubiertos en ocasiones, por la enorme catarata de bucles dorados que era su largo cabello.

La dama Hanne era hermosa como la madre que la vio nacer, pero con el carácter indómito y decidido de los Caswell, orgullosa, obstinada y con el carácter salvaje del pueblo libre.

Jevan y el resto de los anatai que formaban la hueste de Brunn Caswell, aguardarían en los puertos blancos una luna, hasta que las huestes de Curtass Sargen, se reagruparan en las costas sureñas.

OakenWind se situaba al oeste de los puertos blancos, las arenas de las cenizas, formaba una pequeña cala de blancas piedras bañadas por las templadas aguas del agua del Mar de Uisge. Casa Cassel miraba al infinito mar desde un acantilado rocoso, con sus imponentes muros de piedra gris.

 Dos altas torres coronaban la estructura los recios muros de más de cinco varas de ancho, eran a los ojos de los anatai, casi inexpugnables.

El nombre con la que los anatai occidentales nombraban a la magnífica fortaleza era “La Piedra”, ya que fue levantada por los anatai de Dunneresea para proteger a la ciudad y sus costas del poder oscuro.

Jevan entró a caballo por debajo del pesado rastrillo de Casa Cassel, acompañado por un joven de su misma edad, vestido con los colores y el blasón del águila de la casa de Curtass Sargen. Entraron casi al galope, entre jugosas risas y gestos desafiantes en sus alegres rostros. Los cascos de los corceles resonaron en el empedrado suelo del patio de armas de la casa. Las carcajadas resonaron con vigoroso júbilo contra los enormes muros que defendían el bastión central. Los guardias que se situaban en las pasarelas superiores, los miraron con ojos despreciativos, con una grave inquietud en sus rostros.

Hanne se detuvo muy cerca de la escalinata que elevaba el enorme arco apuntado de la entrada a la fortaleza del patio de armas, clavó curiosa sus ojos en los dos jinetes, intrigada por el joven que cabalgaba junto a su hermano.

Los enormes corceles de guerra se detuvieron a pocos pasos de la joven y los dos jóvenes hicieron una grave reverencia. Hanne, miró inconscientemente el rostro del inesperado jinete y una sensación extraña y cálida como la luz poniente la embriagó.

—Feliz encuentro, hermana, ¿Padre se encuentra en la fortaleza?

—Los asuntos de padre no son de mi incumbencia, ni su paradero. Es posible que ahora se encuentre con su gran amigo Sargen, jugando a ser los grandes señores de occidente —contestó con un tono más seco de lo que hubiese pretendido—.

Jevan miró a su hermana y sonriendo a su acompañante le dijo.

—Hanne, mi dulce Hanne, te presento a mi amigo Gléomer de Sargen, hijo de Curtass Sargen, Umm… Ese que dices que juega con padre a ser los grandes señores de la guerra.

Los dos jóvenes estallaron en una sonora carcajada, que captó la atención de Arren Peake, castellano de Casa Cassel.

—Sir Gléomer Sargen, dijo el castellano “Todo reverencias”. ¿Cómo se encuentra su señor padre?

—Sir Arren, siempre es un placer encontrarse con vos, en cuanto a mi padre… ya le conoce, intentando cumplir con el deber que los Istien le han encomendado honorablemente.

Sir Arren asintió, complacido.

—Creo, Sir Arren, que mi dulce hermanita, opina lo mismo que vos.

Los dos jóvenes estallaron en una segunda carcajada, más provocadora, si cabe. Hanne enrojeció de ira y sus ojos se clavaron en los de Gléomer como gélidos puñales.

—Sir Arren, Sir Gléomer, hermano…, tengo mejores cosas que hacer que soportar las burlas de dos estúpidos escuderos con ínfulas. Con vuestro permiso, o sin él, he de irme.

Los ojos fríos como la muerte, centellearon en el bello rostro de Hanne. Gléomer miró el rostro de la joven con una grave inquietud, cayó por unos instantes en graves pensamientos y pensó, que tal vez, despertar cada mañana con la visión del rostro de Hanne haría que este nuevo mundo, pareciera menos pálido y vacío.

— ¡Hanne! He de pedirle disculpas, mi comportamiento ha sido el de un necio, le pido que acepte mis disculpas, dijo Gléomer.

— Sir Arren, puede decirle a mi padre, que, si este joven vuelve de la guerra, puede contratarlo como bufón.

Sir Arren escondió una sonrisa tras los generosos bigotes, miró de soslayo al joven, que pareció hacerle gracia la chanza de la joven Cassel.

—Si me disculpa, Sir, los deberes de una dama me reclaman, les dejo jugando a sus… “Juegos de guerra”.

Hanne giró hacia las blancas escalinatas, un torbellino de terciopelo blanco inundó la vista del joven Gléomer y la siguió con la vista mientras desaparecía por el enorme arco de entrada.

Los ojos del joven, no podían apartarse del grácil movimiento de las caderas de la Caswell y aguardó hasta que Hanne, desapareció engullida por la sombra del interior del arco de entrada.

—Creo, Sir Arren, que mi hermanita ha causado una gran impresión en Gléomer.

—Es bella, dijo susurrando entre dientes Gléomer.

—Es difícil, contestó Jevan con una sonrisa malévola.

Gléomer dirigió la mirada hacia Sir Arren Peake y evitando escuchar los comentarios de Jevan, le dijo.

—Sir, traigo un mensaje de mi señor padre, para Brunn Caswell, he de entregárselo en persona, es de vital importancia.

— ¿Una petición de mano? Dijo entre risas el joven Caswell. Veo Sir, que no es hombre al que le guste perder el tiempo, Sir Gléomer. Jevan, sonrió cómplice y le regaló una mueca que pretendía ser una sonrisa maliciosa.

—Sir Jevan… Sois único, respondió Gléomer entre jugosas risas.

Lord Brunn Caswell aguardaba al joven señor en su comedor privado, en una de las dos torres, a la que todos llamaban “Torre Austera”, por la simplicidad de sus formas y los escasos o nulos detalles ornamentales en sus más de cincuenta varas de altura.

El rostro severo de Lord Caswell, dibujó una gélida sonrisa, mostrando unos dientes amarillentos, casi escondidos por la espesura de su barba.

—Que los dioses honren su presencia, y a la casa a la que pertenece. Para mí es un honor recibir en mi mesa al primogénito de la Casa Sargen. ¿Qué noticias me trae?

—Un mensajero ha llegado de las tierras de Dôr-Jaalan, las hordas de uruks han acabado con el grueso del ejercito de Bracks Thorne, los pocos que han logrado sobrevivir, se refugian en las marcas del Edrain, al norte de las tierras de Echor, y sinceramente, no creo que puedan defender esa posición más de tres jornadas.

—Bracks… Dijo con tono despreciativo. Bracks Thorne, no ganaría una batalla, aunque la librase contra sí mismo.

Gléomer intentó esconder una sonrisa pícara entre sus labios, cubriéndolos con la mano, fingiendo un repentino ataque de tos.

—Sé que vuestro padre aprecia a ese enorme buey, corto de entendederas, pero… Pero mis hombres o están preparados para partir a la guerra y según me comenta, si así lo hicieran, solo sería para recoger los cadáveres de los hombres de Thorne o para convertirse en uno de ellos. Largo ha sido la travesía que han tenido que realizar desde las tierras de oriente y merecen un descanso, antes de partir a dar su vida para apagar la sombra del oscuro.

—Erlings defiende las tierras del este, Dringia es una tierra dura y Udruk “El infame”, uno de los jefes uruk, no es un rival al que se deba menospreciar, Gléomer tomó en una de sus manos unos granos de uva tinta y los posicionó sobre la mesa de madera. Aquí Dringia, defendida por los ciervos de Erlings. Al norte, Erland, el joven movió uno de los granos de uva, posicionándolo en el punto cardinal correspondiente. Martillo de dioses lucha en Fernor, “Tierra de gigantes”, Ingemar, precisa que sus flancos sean protegidos, nuestros exploradores, afirman que un gran contingente de la horda de Mudruk “El astado” se dirige hacia el centro de nuestra ofensiva. ¿Caswell y su rey darán la espalda a sus hermanos? Dijo duramente Gléomer.

—La amistad que mantengo con vuestro padre, joven Sargen, es la que evita, que, en estos momentos, su cabeza, ruede por el suelo del patíbulo, es su amistad y solo eso, la que evita que yo mismo le arranque la vida por esas palabras, pero… ¡Cuidado, Sargen! La paciencia tiene un límite, y vos, acaba de cruzar esa peligrosa línea que separa la hospitalidad, del patíbulo.

—Lamento si le he ofendido, mi Lord, pero la sola idea de permanecer impasible, viendo como mis hermanos perecen a manos de esas criaturas corruptas, me hacen hervir la sangre, Gléomer inclinó la cabeza respetuosamente en un profundo silencio.

—Joven, tendrá que acostumbrarse a ver perecer a sus hombres, a manos de esas criaturas. Yo ya lo he hecho, el señor de Caswell dio un golpe sobre la mesa, con una de sus manos y el jugo de los granos de uva se le escurrió de entre los dedos.

Gléomer asintió tímido y permaneció sumido en un incómodo silencio, apareciendo en su rostro una grave inquietud.

—Sargen, ha de hacerle entender a vuestro padre que los hombres necesitan recuperar fuerzas, armarse para lanzar una ofensiva efectiva, de lo contrario sería una brutal carnicería. Esperamos que en pocas jornadas lleguen a los puertos blancos, Halldor, Huar y Harald y tenemos noticias, que un gran contingente chindar, se dirige hacia nuestras costas.

—Así lo haré, Lord Caswell, llevaré sus palabras a mi padre.

— ¡Sargen! No tome a mal la rudeza de mis palabras, el acero Caswell y el de los ejércitos de Ungowë son vuestros, pero, no he de enviar a hombre alguno a una muerte segura por tomar iniciativas apresuradas. Nadie ha muerto por paciencia hasta la fecha, no puedo decir lo mismo de aquel que actúa con la imprudencia de un demente, ¿Lo entiende?

Gléomer hizo un gesto de aprobación, miró fijamente los duros ojos de Cassel y esperó a que este le invitara a abandonar el salón, con un gesto de sus manos.

El sol golpeó duramente los ojos de Gléomer, los entrecerró y percibió que los rayos del sol del exterior, en el patio de armas, ahora parecían tener un renovado resplandor.

— ¿Ha jugado bien, mi señor de Sargen, sus cartas? Dijo una suave voz, con la suavidad gélida de la nieve, que no le era desconocida, que, aunque gélida, no carecía de un tono, casi conciliador.

Gléomer se giró de súbito hacia el interior de la fortaleza y la figura de Hanne, apareció como de la nada entre la penumbra.

—Me temo, Caswell, que los juegos de azar, con un hombre como vuestro padre, no son mi fuerte, dijo frotándose los cabellos rubios, como si de un infante se tratase.

Hanne se acercó al joven y lo rodeó varias veces, con pasos lentos, alrededor de él.

Gléomer fue incapaz de apartar sus ojos grises de la bella Hanne, su tez nívea, sus ojos como un océano de jade y su dulce perfume a canela, jazmín y Belladona, inundaban con su dulce fragancia todos sus sentidos.

— ¿Y cuál es su fuerte, Sargen? Preguntó en tono frívolo mientras Hanne se detenía a pocos centímetros del rostro de Gléomer, regalándole una amplia sonrisa, que mostraba una larga hilera de perfectos dientes de color marfil.

—La espada, mi señora, ese es mi fuerte.

—Bueno… Entonces, creo que pronto va a tener la oportunidad de demostrarlo.

—En una luna, si vuestro señor padre, no ordena lo contrario.

—Mi señor padre, mi señor padre… Ohh, mi señor padre… Le respondió con un sarcasmo que más bien parecieran afiladas dagas. Hanne lo miró, se acercó aún más al rostro de Gléomer y susurrándole dulcemente al oído le dijo.

—Entonces, disfrute del tiempo, “Que mi señor padre”, le ha concedido en OakenWind, joven señor, vuelva pronto a Casa Cassel, aquí los hijos de mi señor padre, siempre son bien recibidos.

Gléomer avanzó lentamente, hasta casi rozar los labios de Hanne con los suyos, ladeó un poco a cabeza a ambos lados, cuidándose que ningún miembro del servicio de la fortaleza les observara.

— ¿Quizá la dama Hanne, esté dispuesta a compartirlo conmigo? Haría inmensamente feliz a este hombre.

— Creo que los sueños son un mundo hermoso, y ese hombre… ¡Sueña!

— Seria un lindo sueño, ¿No le parece, Hanne? Dijo mientras notaba la suave respiración y el dulce aliento de Hanne en sus labios.

—A mí, lo que me parece, es que mi señor hermano, si, ese con el que tanto se reía hace unos instantes, le espera en el patio de armas, quizá, mi señor de Sargen, puedan retomar esas bromas que tanto les hace reír…

Hanne levantó suavemente sus finas cejas y rozó suavemente, en lo que al joven le pareció un vasto espacio de tiempo, los labios de Gléomer.

—Su noble hermano, puede esperar un poco más, dijo agarrando con las manos la cintura de Hanne.

—Me temo, Gléomer, que no debe perder el tiempo en su breve estancia en OakenWind.

—Los dioses no lo permitirán.

—A los dioses les tiene sin cuidado en que invierte su tiempo, Sargen, contestó con la respiración acelerada.

—Entonces, no he de desperdiciarlo, ¿La volveré a ver, Hanne?

—Puede que nos veamos, o quizás, esos dioses tan interesados en su tiempo, decidan que no… Dijo Hanne mientras separaba su rostro y dando un suave giro de cintura, se desvanecía de la misma forma que había aparecido.

—“Que me mire, por los dioses, que me dedique una sola mirada” Pensó mientras la figura de Hanne se desvanecía en la lobreguez de los pasillos de la torre.

Hanne dejó caer una mirada tímida al joven señor y desapreció en silencio.

Gléomer, de súbito, se encontró celebrando esa simple mirada, como quien gana una buena bolsa de oro en las lizas.

domingo, 12 de diciembre de 2021

Una pequeña píldora de las guerras del sur

 Las Guerras del sur

Saga Mythos, libro primero.


Un resonar de cuerno anunció la llegada del señor de Segnania a la capital de la región. Los heraldos de los grandes muros hicieron sonar sus trompetas con un resonar metálico que se alcanzó a oír en toda la ciudad. Etsimo entró al paso acompañado de su ya prometido hijo con los pensamientos puestos en su futuro matrimonio, cruzaron la puerta de entrada a la ciudadela ante la atenta mirada de los segnanos, acompañados por su guardia que los seguían en formación. Las gentes le regalaban cariñosas reverencias y desde algún balcón de las hermosas calles de Segnania les lanzaban unas delicadas y minúsculas flores malva. El aroma de las hermosas calles de Segnania era inconfundible, mezcla de canela, cardamomo y el delicioso olor de los jazmines blancos que crecían por doquier en la región. Las fuentes, no tan caudalosas como antaño, refrescaban a los habitantes y daban una sensación de paz indescriptible a sus plazas y calles. Etsimo amaba Segnania, amaba a sus gentes y añoraba cada segundo que por desgracia se debía ausentar de la hermosa ciudad. El resonar de los cascos de los caballos de los jinetes desviaban la atención de los viandantes, ya fueren segnanos o extranjeros venidos de lejanas tierras atraídos por el mercadeo. La regia compañía de los señores segnanos cruzó lentamente la empedrada calle que atravesaba la ciudad hasta las puertas de la entrada a la ciudadela. Unas trompetas sonaron altivamente, mientras los señores se detuvieron frente a las regias puertas de la entrada al recinto del palacio. Las puertas de madera tratada y acero se abrieron pesadamente emitiendo unos agudos sonidos y crujidos que a Etsimo le resultaban en exceso agradables:

—Hijo, ya estamos en casa —dijo Etsimo mirándolo con cariño.

Amanmo miró con aprobación a su padre, amaba Segnania con todas sus fuerzas, amor que le obligó a doblar la rodilla ante la Casa de Abp y amor que le obligó a olvidar la muerte de su hermano a manos de los ejércitos del thal en la batalla Hûl Methemben, una de las batallas olvidadas por orden del thal, pero que para su espíritu estaban aún muy presentes. Amaba a su país, pero el amor que sentía por su esposa era eterno como la existencia de los primeros nacidos, adoraba a la siempre bella Amariel. Ella, tras la Bregol Elvedui, había curado sus heridas de cuerpo y espíritu, el amor que sentía por su regio marido relucía más que todo el oro y gemas que pudieran darle sus minas. Etsimo avanzó pausadamente sobre su caballo ante las escalinatas de la entrada de palacio; dos de los mozos del servicio fueron en su ayuda para aliviarle en las tareas de descabalgar y retirar su caballo a las caballerizas; dos doncellas se acercaron cortésmente a sus señores con un cuenco de fresca agua perfumada con jazmín, las ofrecieron con una jugosa sonrisa en los labios. Etsimo metió tímidamente las palmas de las manos en el dorado cuenco pretendiendo limpiar el barro del camino de sus manos. Súbitamente apareció la bella Amariel con un aura de luz en su rostro por el regreso de su señor, corrió frenéticamente hacia él y le regaló un fuerte abrazo. Amariel se abalanzó sobre los brazos de Etsimo haciendo trastabillar el cuenco que en las manos de la joven sirvienta soportase, el cuenco rodó sonoramente por los suelos de la entrada a palacio derramando el perfumado líquido confortador. Etsimo la tomó feliz entre sus fuertes brazos y la besó con pasión, acarició su larga melena y respiró parte de su aliento como si quisiera alimentarse del espíritu de la primera nacida.

Proyecto Primavera 0021

  La Primavera de Luominem   “Elemmírë Amalanya”, así se cantan en las canciones por el paso de las edades, las guerras de la oscuridad ...