a
agreste bahía de los susurros, se vio invadida por los cientos de grandes navíos
de guerra que arribaban a las desconocidas costas de Dunneresea. Uno de los más
importantes puertos del sur del continente, eran Los puertos Blancos, que
se situaban en la parte más septentrional de la bahía. Los improvisados puertos,
recibían las tropas de los señores anatai que provenían del continente oriental
de Luominem, así como a las tropas Istien, de las poderosas casas de Amarth, la
tierra bendecida.
Brunn
Caswell, el primero de los comandantes anatai en llegar a las recién
conquistadas tierras, asumió el gobierno de la ciudad de los puertos por orden
del rey Ungowë.
La
casa Caswell debía lealtad a la gran casa de Ungowë, uno de los grandes señores
de los reinos Chindar de oriente, que los aceptó como vasallos, aún en la era
del amanecer, cuando Carden Caswell, abuelo de Brunn Caswell “El príncipe de las sombras” se adentró
en las tierras de los reinos de los primeros nacidos, en lo que los maestros
denominarían “El gran éxodo anatai”,
o en la lengua común, como “El amanecer”.
Brunn
había partido a las nuevas tierras de occidente con su esposa Ilyana y los
mellizos Jevan y Hanne, de unos dieciséis años de edad. Muy pronto Jevan
Caswell, sería llamado a formar parte del enorme contingente de las tropas
comandadas por su señor padre y combatir la sombra del poder oscuro en las
tierras de Dôr-Jaalan.
Hanne
había heredado la belleza de la dama Ilyana, su madre era dueña de la ancestral
belleza de las mujeres orientales. Hanne, de tez pálida, salpicada por unas
finas pecas que coronaban sus altos pómulos, poseía unos grandes ojos del color
del lapislázuli, solo cubiertos en ocasiones, por la enorme catarata de bucles
dorados que era su largo cabello.
La
dama Hanne era hermosa como la madre que la vio nacer, pero con el carácter
indómito y decidido de los Caswell, orgullosa, obstinada y con el carácter
salvaje del pueblo libre.
Jevan
y el resto de los anatai que formaban la hueste de Brunn Caswell, aguardarían
en los puertos blancos una luna, hasta que las huestes de Curtass Sargen, se
reagruparan en las costas sureñas.
OakenWind
se situaba al oeste de los puertos blancos, las arenas de las cenizas, formaba
una pequeña cala de blancas piedras bañadas por las templadas aguas del agua
del Mar de Uisge. Casa Cassel miraba al infinito mar desde un acantilado rocoso,
con sus imponentes muros de piedra gris.
Dos altas torres coronaban la estructura los
recios muros de más de cinco varas de ancho, eran a los ojos de los anatai,
casi inexpugnables.
El
nombre con la que los anatai occidentales nombraban a la magnífica fortaleza
era “La Piedra”, ya que fue levantada por los anatai de Dunneresea para
proteger a la ciudad y sus costas del poder oscuro.
Jevan
entró a caballo por debajo del pesado rastrillo de Casa Cassel, acompañado por
un joven de su misma edad, vestido con los colores y el blasón del águila de la
casa de Curtass Sargen. Entraron casi al galope, entre jugosas risas y gestos
desafiantes en sus alegres rostros. Los cascos de los corceles resonaron en el
empedrado suelo del patio de armas de la casa. Las carcajadas resonaron con
vigoroso júbilo contra los enormes muros que defendían el bastión central. Los
guardias que se situaban en las pasarelas superiores, los miraron con ojos
despreciativos, con una grave inquietud en sus rostros.
Hanne
se detuvo muy cerca de la escalinata que elevaba el enorme arco apuntado de la
entrada a la fortaleza del patio de armas, clavó curiosa sus ojos en los dos
jinetes, intrigada por el joven que cabalgaba junto a su hermano.
Los
enormes corceles de guerra se detuvieron a pocos pasos de la joven y los dos
jóvenes hicieron una grave reverencia. Hanne, miró inconscientemente el rostro
del inesperado jinete y una sensación extraña y cálida como la luz poniente la
embriagó.
—Feliz
encuentro, hermana, ¿Padre se encuentra en la fortaleza?
—Los
asuntos de padre no son de mi incumbencia, ni su paradero. Es posible que ahora
se encuentre con su gran amigo Sargen, jugando a ser los grandes señores de
occidente —contestó con un tono más seco de lo que hubiese pretendido—.
Jevan
miró a su hermana y sonriendo a su acompañante le dijo.
—Hanne,
mi dulce Hanne, te presento a mi amigo Gléomer de Sargen, hijo de Curtass
Sargen, Umm… Ese que dices que juega con padre a ser los grandes señores de la
guerra.
Los
dos jóvenes estallaron en una sonora carcajada, que captó la atención de Arren
Peake, castellano de Casa Cassel.
—Sir
Gléomer Sargen, dijo el castellano “Todo reverencias”. ¿Cómo se encuentra su
señor padre?
—Sir
Arren, siempre es un placer encontrarse con vos, en cuanto a mi padre… ya le
conoce, intentando cumplir con el deber que los Istien le han encomendado
honorablemente.
Sir
Arren asintió, complacido.
—Creo,
Sir Arren, que mi dulce hermanita, opina lo mismo que vos.
Los
dos jóvenes estallaron en una segunda carcajada, más provocadora, si cabe.
Hanne enrojeció de ira y sus ojos se clavaron en los de Gléomer como gélidos
puñales.
—Sir
Arren, Sir Gléomer, hermano…, tengo mejores cosas que hacer que soportar las
burlas de dos estúpidos escuderos con ínfulas. Con vuestro permiso, o sin él,
he de irme.
Los
ojos fríos como la muerte, centellearon en el bello rostro de Hanne. Gléomer
miró el rostro de la joven con una grave inquietud, cayó por unos instantes en
graves pensamientos y pensó, que tal vez, despertar cada mañana con la visión
del rostro de Hanne haría que este nuevo mundo, pareciera menos pálido y vacío.
—
¡Hanne! He de pedirle disculpas, mi comportamiento ha sido el de un necio, le
pido que acepte mis disculpas, dijo Gléomer.
—
Sir Arren, puede decirle a mi padre, que, si este joven vuelve de la guerra,
puede contratarlo como bufón.
Sir
Arren escondió una sonrisa tras los generosos bigotes, miró de soslayo al
joven, que pareció hacerle gracia la chanza de la joven Cassel.
—Si
me disculpa, Sir, los deberes de una dama me reclaman, les dejo jugando a sus…
“Juegos de guerra”.
Hanne
giró hacia las blancas escalinatas, un torbellino de terciopelo blanco inundó
la vista del joven Gléomer y la siguió con la vista mientras desaparecía por el
enorme arco de entrada.
Los
ojos del joven, no podían apartarse del grácil movimiento de las caderas de la
Caswell y aguardó hasta que Hanne, desapareció engullida por la sombra del
interior del arco de entrada.
—Creo,
Sir Arren, que mi hermanita ha causado una gran impresión en Gléomer.
—Es
bella, dijo susurrando entre dientes Gléomer.
—Es
difícil, contestó Jevan con una sonrisa malévola.
Gléomer
dirigió la mirada hacia Sir Arren Peake y evitando escuchar los comentarios de
Jevan, le dijo.
—Sir,
traigo un mensaje de mi señor padre, para Brunn Caswell, he de entregárselo en
persona, es de vital importancia.
—
¿Una petición de mano? Dijo entre risas el joven Caswell. Veo Sir, que no es
hombre al que le guste perder el tiempo, Sir Gléomer. Jevan, sonrió cómplice y
le regaló una mueca que pretendía ser una sonrisa maliciosa.
—Sir
Jevan… Sois único, respondió Gléomer entre jugosas risas.
Lord
Brunn Caswell aguardaba al joven señor en su comedor privado, en una de las dos
torres, a la que todos llamaban “Torre
Austera”, por la simplicidad de sus formas y los escasos o nulos detalles
ornamentales en sus más de cincuenta varas de altura.
El
rostro severo de Lord Caswell, dibujó una gélida sonrisa, mostrando unos
dientes amarillentos, casi escondidos por la espesura de su barba.
—Que
los dioses honren su presencia, y a la casa a la que pertenece. Para mí es un
honor recibir en mi mesa al primogénito de la Casa Sargen. ¿Qué noticias me
trae?
—Un
mensajero ha llegado de las tierras de Dôr-Jaalan, las hordas de uruks han
acabado con el grueso del ejercito de Bracks Thorne, los pocos que han logrado
sobrevivir, se refugian en las marcas del Edrain, al norte de las tierras de
Echor, y sinceramente, no creo que puedan defender esa posición más de tres
jornadas.
—Bracks…
Dijo con tono despreciativo. Bracks Thorne, no ganaría una batalla, aunque la
librase contra sí mismo.
Gléomer
intentó esconder una sonrisa pícara entre sus labios, cubriéndolos con la mano,
fingiendo un repentino ataque de tos.
—Sé
que vuestro padre aprecia a ese enorme buey, corto de entendederas, pero… Pero
mis hombres o están preparados para partir a la guerra y según me comenta, si
así lo hicieran, solo sería para recoger los cadáveres de los hombres de Thorne
o para convertirse en uno de ellos. Largo ha sido la travesía que han tenido
que realizar desde las tierras de oriente y merecen un descanso, antes de
partir a dar su vida para apagar la sombra del oscuro.
—Erlings
defiende las tierras del este, Dringia es una tierra dura y Udruk “El infame”,
uno de los jefes uruk, no es un rival al que se deba menospreciar, Gléomer tomó
en una de sus manos unos granos de uva tinta y los posicionó sobre la mesa de
madera. Aquí Dringia, defendida por los ciervos de Erlings. Al norte, Erland,
el joven movió uno de los granos de uva, posicionándolo en el punto cardinal
correspondiente. Martillo de dioses lucha en Fernor, “Tierra de gigantes”, Ingemar, precisa que sus flancos sean
protegidos, nuestros exploradores, afirman que un gran contingente de la horda
de Mudruk “El astado” se dirige hacia el centro de nuestra ofensiva. ¿Caswell y
su rey darán la espalda a sus hermanos? Dijo duramente Gléomer.
—La
amistad que mantengo con vuestro padre, joven Sargen, es la que evita, que, en
estos momentos, su cabeza, ruede por el suelo del patíbulo, es su amistad y
solo eso, la que evita que yo mismo le arranque la vida por esas palabras,
pero… ¡Cuidado, Sargen! La paciencia tiene un límite, y vos, acaba de cruzar
esa peligrosa línea que separa la hospitalidad, del patíbulo.
—Lamento
si le he ofendido, mi Lord, pero la sola idea de permanecer impasible, viendo
como mis hermanos perecen a manos de esas criaturas corruptas, me hacen hervir
la sangre, Gléomer inclinó la cabeza respetuosamente en un profundo silencio.
—Joven,
tendrá que acostumbrarse a ver perecer a sus hombres, a manos de esas
criaturas. Yo ya lo he hecho, el señor de Caswell dio un golpe sobre la mesa,
con una de sus manos y el jugo de los granos de uva se le escurrió de entre los
dedos.
Gléomer
asintió tímido y permaneció sumido en un incómodo silencio, apareciendo en su
rostro una grave inquietud.
—Sargen,
ha de hacerle entender a vuestro padre que los hombres necesitan recuperar
fuerzas, armarse para lanzar una ofensiva efectiva, de lo contrario sería una
brutal carnicería. Esperamos que en pocas jornadas lleguen a los puertos
blancos, Halldor, Huar y Harald y tenemos noticias, que un gran contingente
chindar, se dirige hacia nuestras costas.
—Así
lo haré, Lord Caswell, llevaré sus palabras a mi padre.
—
¡Sargen! No tome a mal la rudeza de mis palabras, el acero Caswell y el de los
ejércitos de Ungowë son vuestros, pero, no he de enviar a hombre alguno a una
muerte segura por tomar iniciativas apresuradas. Nadie ha muerto por paciencia
hasta la fecha, no puedo decir lo mismo de aquel que actúa con la imprudencia
de un demente, ¿Lo entiende?
Gléomer
hizo un gesto de aprobación, miró fijamente los duros ojos de Cassel y esperó a
que este le invitara a abandonar el salón, con un gesto de sus manos.
El
sol golpeó duramente los ojos de Gléomer, los entrecerró y percibió que los
rayos del sol del exterior, en el patio de armas, ahora parecían tener un
renovado resplandor.
—
¿Ha jugado bien, mi señor de Sargen, sus cartas? Dijo una suave voz, con la
suavidad gélida de la nieve, que no le era desconocida, que, aunque gélida, no
carecía de un tono, casi conciliador.
Gléomer
se giró de súbito hacia el interior de la fortaleza y la figura de Hanne,
apareció como de la nada entre la penumbra.
—Me
temo, Caswell, que los juegos de azar, con un hombre como vuestro padre, no son
mi fuerte, dijo frotándose los cabellos rubios, como si de un infante se
tratase.
Hanne
se acercó al joven y lo rodeó varias veces, con pasos lentos, alrededor de él.
Gléomer
fue incapaz de apartar sus ojos grises de la bella Hanne, su tez nívea, sus
ojos como un océano de jade y su dulce perfume a canela, jazmín y Belladona,
inundaban con su dulce fragancia todos sus sentidos.
—
¿Y cuál es su fuerte, Sargen? Preguntó en tono frívolo mientras Hanne se
detenía a pocos centímetros del rostro de Gléomer, regalándole una amplia
sonrisa, que mostraba una larga hilera de perfectos dientes de color marfil.
—La
espada, mi señora, ese es mi fuerte.
—Bueno…
Entonces, creo que pronto va a tener la oportunidad de demostrarlo.
—En
una luna, si vuestro señor padre, no ordena lo contrario.
—Mi
señor padre, mi señor padre… Ohh, mi señor padre… Le respondió con un sarcasmo
que más bien parecieran afiladas dagas. Hanne lo miró, se acercó aún más al
rostro de Gléomer y susurrándole dulcemente al oído le dijo.
—Entonces,
disfrute del tiempo, “Que mi señor padre”, le ha concedido en OakenWind, joven
señor, vuelva pronto a Casa Cassel, aquí los hijos de mi señor padre, siempre
son bien recibidos.
Gléomer
avanzó lentamente, hasta casi rozar los labios de Hanne con los suyos, ladeó un
poco a cabeza a ambos lados, cuidándose que ningún miembro del servicio de la
fortaleza les observara.
—
¿Quizá la dama Hanne, esté dispuesta a compartirlo conmigo? Haría inmensamente
feliz a este hombre.
—
Creo que los sueños son un mundo hermoso, y ese hombre… ¡Sueña!
—
Seria un lindo sueño, ¿No le parece, Hanne? Dijo mientras notaba la suave
respiración y el dulce aliento de Hanne en sus labios.
—A
mí, lo que me parece, es que mi señor hermano, si, ese con el que tanto se reía
hace unos instantes, le espera en el patio de armas, quizá, mi señor de Sargen,
puedan retomar esas bromas que tanto les hace reír…
Hanne
levantó suavemente sus finas cejas y rozó suavemente, en lo que al joven le
pareció un vasto espacio de tiempo, los labios de Gléomer.
—Su
noble hermano, puede esperar un poco más, dijo agarrando con las manos la
cintura de Hanne.
—Me
temo, Gléomer, que no debe perder el tiempo en su breve estancia en OakenWind.
—Los
dioses no lo permitirán.
—A
los dioses les tiene sin cuidado en que invierte su tiempo, Sargen, contestó
con la respiración acelerada.
—Entonces,
no he de desperdiciarlo, ¿La volveré a ver, Hanne?
—Puede
que nos veamos, o quizás, esos dioses tan interesados en su tiempo, decidan que
no… Dijo Hanne mientras separaba su rostro y dando un suave giro de cintura, se
desvanecía de la misma forma que había aparecido.
—“Que me mire, por los
dioses, que me dedique una sola mirada”
Pensó mientras la figura de Hanne se desvanecía en la lobreguez de los pasillos
de la torre.
Hanne
dejó caer una mirada tímida al joven señor y desapreció en silencio.
Gléomer,
de súbito, se encontró celebrando esa simple mirada, como quien gana una buena
bolsa de oro en las lizas.