viernes, 13 de mayo de 2022

Proyecto Primavera 0021

 



La Primavera de Luominem

 

“Elemmírë Amalanya”, así se cantan en las canciones por el paso de las edades, las guerras de la oscuridad “Hûl Methemben”, las guerras del olvido, de las cuales ya pocos quedan para recordar su dolor. Los cielos aún se cubrían con una espesa bruma que parecía resistirse en su lobreguez. El sol parecía ocultarse horrorizado por la visión de la muerte de los hijos del padre y del poder oscuro. Aves carroñeras se posaban en los últimos campos de batalla para saciarse con la carne de los hijos de Athanaan y enormes hogueras con una inmensa pila de cuerpos ardían feroces en llamas dibujando un macabro resplandor la tierra y tiznando el cielo de oscuridad.  Grandes fueron las hazañas de las huestes de la primera alianza entre primeros y segundos nacidos en las nobles tierras de la creación del padre, pero no hubo alegría en sus corazones. Los corazones de los anatai y los Ghin aún lloraban la pérdida de padres, maridos, hijos y hermanos, mientras que en las tierras desoladas de Gimlond el poder oscuro era retenido, asediado, por una feroz vigilancia por las huestes de las casas de Amarth. Tras el asedio del poder oscuro, los capitanes de las huestes de Amarth, semilla de los Diadhaidh se reunieron en las tierras del este, las antiguas tierras de Dringia, que posteriormente denominarían Agmar los herederos de los anatai que las poblaron.

 Al oeste de estas tierras, se alzaba imponente el Caras Thorond, “la torre del águila”, construida por las manos de los Âmaros venidos de continente oculto, así es como los segundos nacidos denominarían a los hombres venidos de Amarth, la tierra bendecida más allá del mar oriental. Una torre construida en piedra del color de la ceniza, con toscas defensas de piedra y madera, tres torres se encontraban en el interior de sus gruesos muros, torres de más de treinta varas de altura con una atalaya en cada una de ellas, siempre vigilante a la oscuridad que ocultaba los cielos de las tierras de Gimlond. En el centro de las tres torres se encontraba el anillo del juicio, un anillo dorado que albergaba los tres tronos de las casas de los descendientes de los poderes, sabios y poderosos encantamientos eran los que estaban escritos en un rojo escarlata sobre el dorado anillo, sortilegios de victoria, fuerza y dominación en nombre de los seis poderes creados del pensamiento del padre. En el centro del mismo, un altar de blanco mármol tallado por los artesanos âmaros, sostenía un enorme cuenco de oro del cual asomaba una llama de un color azul purpureo, en recuerdo de la llama de la creación. Doce enormes columnas de más de seis varas de altura sostenían unos arcos que las ataban entre sí, y en el centro de cada una de ellas se erigía una imagen de cada uno de los poderes del creador. Tres tronos de mármol, tres asientos de poder, tres casas que los poseían, tres tronos de blanco y escarlata que ahora ocupaban los orgullosos capitanes de las nobles casas. En el primero de ellos se sentaba Glîno de la Casa Curaidean, de la estirpe de los poderes Talam y Gaöth, la semilla de la tierra y los cielos, blanco y azul era su estandarte, con la espada “Portadora de luz” bordada en fino oro sobre el fondo blanco, hijos de las tierras norteñas de Amarth. En el segundo de los tronos se sentaba Isenar “el alto”, de la casa de Clûird, descendientes de la semilla de Uisge y Reultan, hijos del linaje del mar y las estrellas, señores del oeste de las tierras de Amarth.

El tercer trono lo ocupaba Veön “El sabio” de la casa de Slânachaid, del linaje de Leigheas y Kano, hijos de la sanación y la guerra, señores de las tierras del este del continente bendecido, azul y plata era su estandarte, en el cual se dibujaban las olas del mar oriental. Tres señores de las casas bendecidas ante el anillo de poder para decidir el destino del continente ponientí, tierras de la creación de sus parientes.

El sol parecía querer asomarse entre las columnas del círculo, una brisa del norte acarició los rostros de los miembros del anillo obligándoles a recordar que debían abandonar estas devastadas tierras de sombra y entregarlas a los que cumplieron con el juramento y lo pagaron con la sangre y el acero de sus casas. Así pues comenzó el juicio.

—Hermanos, parientes —comenzó Veön —El poder oscuro ya se esconde tras las montañas, encerrado en las tierras desoladas, en la negra torre de As´wa, su negra morada por el paso de las edades —Es tiempo de decidir el destino de Dunneresea, las tierras más allá del mar—. Veön miró al resto de los señores y esperó con una mirada ansiosa a que respondiesen.

Isenar, miró al resto de los capitanes e hizo un gesto con la mano señalando hacia su corazón, bajó lentamente la mano en acto de respeto y comenzó su alegato.

jueves, 12 de mayo de 2022

Avance del prologo del libro tercero de la Saga. 00Pr-TDO


 

S

ir Austin siempre había sido del parecer que las rameras, los mercaderes y los pobres que mendigaban un plato de las sobras de los tenderetes de calderos de las ciudades, eran mejores informadores que todos los agentes que clavaban ojos y oídos en los caminos reales, pagados por el oro de ningún gran señor.

La enorme casa del mercader de joyas se situaba a la ribera oriental del camino que conducía a los atestados puertos del Aguas negras.

Gaiel, la esposa del mercader, una anatai de tez pálida, una norteña, sin duda provista de la austera belleza de las damas del norte, de belleza agreste y poseedora de unos abundantes pechos, que según decían las malas lenguas de las posadas y tenderetes, había embrujado al obeso comerciante de joyas con el poder de la magia que conservaba entre sus piernas, era la dama de la casa en las largas ausencias de su esposo. De verbo dulce y “Todo halago” recibió en su casa al nuevo hombre del rey, con la mesa colmada de los más inesperados manjares y con las piernas dispuestas a abrirse en cuanto Sir Austin lo requiriese. La fama de Sir Austin lo precedía como el trueno precede a la tormenta y en su caso, la tormenta, por lo general acababa en el lecho o con el frio acero atravesando tus entrañas.

Tras una breve comida, al estilo norteño, regada con el áspero vino de las tierras de Los parajes y de los muchos frutos de las tierras y los bosques de las antiguas tierras de Evôreth, así como de las dos riberas del Aguas negras, pudiesen ofrecer al noble invitado. Gaiel, la dama de la casa, se acercó lentamente a su huésped dejando al descubierto, en su mayor parte, las muchas virtudes que habían hechizado al rico mercader.

Los ojos de Sir Austin se clavaron en la inmensidad de leche tibia que prometían los pechos de Gaiel y descubrió unos enormes pezones rosados, que se endurecían al contacto del roce de la suave gasa de seda de la que estaba confeccionada la túnica de la dama.

— ¿A qué se debe la visita del nuevo hombre del rey? ¿Qué puede ofrecer la simple esposa de un mercader, al segundo hombre más importante de la región?

Gaiel que apoyaba su trasero en la mesa, entreabrió ligeramente las piernas para que Sir Austin, descubriese su más preciado tesoro.

—Se dice que la generosidad de la dama Gaiel es legendaria, así como su belleza, respondió clavando sus penetrantes ojos grises en los de ella.

—Gaiel se acercó a su noble huésped, con una de sus hábiles manos, desabrochó lentamente uno de los broches que sujetaban la túnica de seda a su cuerpo, deslizándola por sus pechos, hasta que liviana como una pluma, cayó a los pies de Sir Austin.

— ¿Es suficiente, como para hacerla suya, Sir Austin? Dijo Gaiel mordiéndose ligeramente el labio inferior.

Las manos de Sir Austin bajaron hasta su cintura y desabrochando el grueso cinturón de cuero que ceñía la espada a su cintura, desabrochó las gruesas calzas de cuero blando, mostrando su miembro a la dama.

Gaiel le dedicó una mirada pícara, sus ojos se clavaron en el recién descubierto miembro y se sonrojó ligeramente. Gaiel, le dedicó la sonrisa más seductora que Sir Austin recordase en años, mientras se arrodillaba lentamente dándole placer con sus labios.

El suave pelo del color de la miel recién cortada, se deslizaba a los lados a cada movimiento de los labios de la dama, que suavemente acariciaba el miembro de Sir Austin aprisionándolos entre ellos. Los abundantes pechos continuaron la tarea que los labios dejaran por un instante, envolviéndolo con la calidez y la suavidad del tacto de la piel de la dama, que sin duda reafirmaban la firmeza de los senos que se adivinaba a simple vista nada más verlos.

Sir Austin hizo un gesto a Gaiel con la mirada, un gemido de placer brotó de sus labios y sonriendo, invitó a la dama a que tomase asiento, introduciéndose por completo su miembro, en la suave calidez de la entrepierna de ella.

Los labios de sir Austin acariciaban los rosados pezones, al tiempo que la dama, con los ojos entrecerrados de placer, emitía suaves gemidos placenteros, mientras su cuerpo comenzaba a retorcerse de placer.

—Sir, ha de facilitarme el nombre del herrero que forjó tan regia espada, a mi amado esposo, le seria de mucha utilidad blandir una como la que me atraviesa el vientre en estos instantes, dijo con un quebradizo hilillo de voz ahogado por los suspiros.

El cuerpo de Gaiel se retorció en entre el dolor placentero del éxtasis y ahogando un grito de inmenso placer, agarró el rostro de Sir Austin, clavó las uñas en su barba y mordió entre acompasados gemidos los labios del hombre. La respiración entrecortada y los suaves movimientos de caderas de la dama, pronto provocaron que la calidez de la semilla de Sir Austin inundara el vientre de Gaiel, la dama dio un gritito cómplice de sorpresa y sonriendo, besó los labios del Sir, como quien prueba el jugo de la fruta más codiciada.

De las tierras de Annuiben. Cap dedicado a mi amiga Elisabeth

 

Este capítulo se lo dedico especialmente a Elisabeth .

Un ser de luz que ha estado apoyándome en todo momento desde el

Momento que la conocí. Amiga este capítulo, el personaje y mi corazón

Es suyo.

 

De las tierras gélidas de Annuiben.

L

as fértiles tierras del reino de Annuiben siempre fue el hogar de los altos chindar del norte. Los primeros en habitar las tierras del Dôr Annun, posteriormente conocida y nombrada por los anatai como Annuiben, fueron los altos chindar de la estirpe de los Anduirver.

Dôr Annun poseía la magia intemporal en cada rincón de sus antiguas tierras, por ella la mácula del tiempo parecía no hacer mella y sus tierras poseían la belleza y el esplendor de la primera edad, cuando el mundo era joven y vigoroso, una intensa luz la poblaba avivando el color de los intemporales arboles que poblaban sus bosques.

Tras la Bregol Elvedui y posterior asedio del señor oscuro en las tierras brunas, los altos Anduiruer se trasladaron desde las tierras de Dôr-Jaalan a través del paso del occidente hacia las tierras norteñas.

Annuiben, las tierras gélidas, como denominaban los anatai de los cercanos reinos Annâtari de Beresia y Bergesia, ambos leales súbditos y hogar de las grandes casas anatai que les rendían vasallaje a los señores chindar del norte.

Keoram, la ciudad blanca, hogar de los señores chindar de Annuiben, se situaba al sureste de las Eollen, las montañas de la niebla y el rio Fénor. El Mielsor, el más caudaloso, atravesaba con sus tumultuosas y frías aguas las tierras del bosque de Alur. El Fénor dormía sus aguas descendiendo por una catarata formando el lago Seömul, adentrándose tras las murallas del Assiala, hogar de la dama Yalinde y Callion, señores de las blancas tierras del reino.

Yalinde, la invocadora, llamada en alto chindar como “Lanthiril”, la dama de la catarata, como es conocida tanto por los primeros como por los segundos hijos del padre en el reino de Annuiben. “Luthadis”, la dama del don, como se la conoce en los vecinos reinos anatai de Bergesia y Beresia.

La dama Yalinde era poseedora de una belleza digna de la estirpe de los primeros nacidos. Dueña de unos penetrantes ojos del color de las estrellas, salpicados por tenues matices de celeste y dorado, grandes como un eterno océano de paz. De largos cabellos del color de la madera de cerezo, que se vertían casi hasta su fina cintura como delicadas cataratas.

Yalinde era la segunda hija del rey Ungowë de Anore, de la familia de los altos chindar de los Baralin, “Los fieros” como se les conocía en la lengua común del oeste. Su padre la entregó en matrimonio a un hijo de Mâlben, un gran señor de la estirpe de los Anduiruer, un alto chindar que aún era capaz de recordar la era del despertar.

Callion la desposó en el secto de la antigua ciudad de Aeriar en las tierras de Evôreth, región norteña de Jaaluna, que posteriormente seria nombrada por los anatai como Segnania. Yalinde y Callion tomaron los votos matrimoniales junto a Amariel, hermana de Yalinde y Etsimo de la Casa de Darg, segundo en la línea de sucesión al gobierno de las tierras, que por nombramiento, le fueron ofrendadas a Idnayn de Darg.

Yalinde era considerada como una de las damas chindar más poderosas y sabias del continente occidental, poseedora de “El Don” como llamaban los primeros nacidos a la habilidad de la visión. Don que al parecer la hacía ser venerada y temida a partes iguales por sus súbditos y anatai leales a la casa de Barhuer.

Yalinde se encontraba sentada en una de las orillas del lago Seömul. El sonido del agua de la catarata envolvía sus sentidos y la olvidada lengua del agua, susurraba dulces palabras en los oídos de la blanca dama.

La señora del Assiala, se acuclilló apoyando sus rodillas en una de las orillas del lago. Su bello rostro quedó reflejado en la superficie del Seömul como una radiante imagen atrapada en un inmenso espejo de plata, Yalinde acarició la superficie del lago y unas tímidas ondas difuminaron la imagen de su rostro. Unos vapores argentos y dorados comenzaron a inundar la orilla del Seömul y las finas gotas de Aethema reflejaron los rayos del sol inundando la orilla occidental del lago con los seis colores. Seis colores, cada uno de ellos dedicado a los seis poderes del único.

Yalinde sintió un profundo estremecimiento, una pesada losa se poso en su pecho y la sensación de asfixia atenazó los sentidos de la dama, una oscuridad cargada de sustancia invadió su espíritu, la tristeza y la pena arrancaba ahogados gritos de dolor en su interior y la bóveda celeste comenzó a tomar el color del ocaso ante sus bellos ojos. Sintió la presencia de su padre, su rostro cubierto por una fulgurante luz similar a los rayos de sol, le sonreía mientras tomaba las riendas de su caballo y lo montaba con renovadas fuerzas. Yalinde pudo distinguir de entre sus labios un nombre; Nombre que la hizo estremecer de amargura, el nombre, era el de su hermana Amariel.

Tras nombrar a su primogénita, hizo un gesto de asentimiento con la cabeza dulce, cortes, con una cordialidad que Yalinde comprendió al instante que era una despedida, una despedida cargada de un amor infinito que parecía revolverse entre tumultuosas aguas bañadas por la intensa luz blanquecina, sonrió acariciando las blancas crines de su montura y emprendió

“El largo viaje” a través de ella, que tras de sí parecía estar esperándole para envolverlo en su calidez sumergiéndolo hasta diluirse, en la paz de las tierras imperecederas.

La dama de Annuiben fijó la mirada en la superficie de las aguas que instantes atrás reflejaran su rostro, la contempló unos breves instantes y las tranquilas aguas del Seömul le susurraron secretos de tiempos pasados, presentes y de los que han de acontecer. El agua se tiñó del color del fuego, desplegando ante los ojos de la invocadora unas destructoras llamas que tocaban con sus ardientes dedos el rostro de la señora. Los ojos de Yalinde se abrieron mostrando el gris de los mismos a la superficie del agua. Vio entre las llamas como una miríada de soldados vestidos de escarlata hacían restallar furiosos sus látigos a una larga hilera de presos, que juntaban sus manos obligados por los apretados grilletes que los unían a una gruesa cadena, sintió el desgarrador vacio que el dolor de la guerra y la esclavitud condenaba sus almas a un pozo eterno de oscuridad. Vio como un soldado arrancaba a un hijo de su madre, sujetándolo por los minúsculos pies del recién nacido, estampaba su cabeza contra la esquina de una choza de piedra que ardía en llamas, mientras el grito de dolor de la madre hacia que las miradas de otros dos soldados se fijaran en ella y comenzaran a arrancarle la ropa mientras otro apoyaba la fina punta de la hoja de su cuchillo de caza en el cuello de ella. Vio el blasón del ciervo coronado arder, las llamas intentaban consumir sin éxito el dorado blasón que refulgía como hechizado por un poderoso encantamiento. Sus ojos se fijaron en unos oscuros jinetes que montaban unos enormes corceles de guerra oscuros como los pensamientos de los que los montaban, lanzaban antorchas a los tejados de los hogares de los muertos o prisioneros, reduciéndolos a cenizas, pudo sentir el dolor, pudo sentir el horror, pudo sentir como las almas se quebraban en pedazos entre gritos de dolor y maldiciones ahogadas a golpe de látigo.

El Seömul se oscureció y de sus tranquilas aguas surgieron las figuras amortajadas de Idnayn, Etsimo y Amanmo de Darg, su pálido color de muerte hizo retroceder unos centímetros el rostro de la blanca dama de la superficie del lago. Los pálidos ojos de los segnanos se abrieron de súbito y el que antaño fuese el amado esposo de su hermana Amariel emergió del agua cobrando forma como alentado por la oscuridad de las aguas. La carne hecha girones mostraba los signo de la podredumbre, sus huesudos dedos agarraron en un gesto torpe la empuñadura de su espada, acariciándola como era costumbre del señor segnano, se detuvo ante la bella Yalinde y una palabras salieron de sus inmóviles labios entre oscos susurros ahogados, la voz estremeció a la dama y sus ojos se clavaron en la ausente mirada de Etsimo mientras escuchaba su mensaje.

—“Suil annuî, erio thûl lin faen hen”— Los vientos de occidente inundarán su pecho con su espíritu.

—“Berio nîn Athanaan” —Athanaan nos protegerá, contestó con voz suave Yalinde.

Etsimo cerró los ojos con gesto cansado, un suspiro se escucho de entre sus labios y le respondió.

—Yalinde, tus parientes empalidecen en las tierras que se nos ofrendaron, la oscuridad puebla por las antiguas tierras de Dôr-Jaalan —Etsimo miró con el hueco de sus ojos a sus débiles manos y continuó —Poco auxilio pueden dar las que antaño fueren manos fuertes y poderosas, nada pueden aportar a tal fin y el ocaso de tu estirpe ahora se ve más próximo en las tierras del sur —Ahora, la que fue la razón de mi dicha corre peligro mientras ve caer a sus hijos, un pozo de aguas profundas y ponzoñosas la rodean, la que amé hasta mi último aliento necesita de la sangre Baralin —Amariel necesita de todo el poder de Annuiben — ¿Acudirá la dama de la catarata en auxilio de su sangre?

Yalinde cerró los ojos, dos lágrimas cruzaron sus mejillas y cayeron en la superficie del agua. Etsimo se sumergió con rostro triste bajo las aguas del lago y la oscuridad que lo envolvía se transformo un una tenue luz de color índigo que parecía cobrar vida ante sus ojos. La silueta de una niña se dibujo en el centro de la luz que se tornaba púrpura con matices azules por momentos, la niña caminó hacia la dama blanca y pronto pudo reconocer la figura de Sibni. El rostro de Yalinde se iluminó y una agradable sensación de calidez invadió sus sentidos.— ¿Sibni? —Pequeña ¿Eres tú?

La figura sonrió en silencio, hizo un gesto dulce, casi infantil con su mano derecha y se volvió hacia la luz purpura que tomaba la forma de un enorme Uargo. La enorme bestia cánida, se adelantó sin rozar a la silueta de la niña, Etsimo la miró con el semblante cargado de pena y habló.

—Oscuros poderes son los que envuelven el espíritu de la que por amor vino al mundo de mi semilla, el fruto del vientre de Amariel se diluye —El odio y la venganza cubren con un pesado velo los ojos de mi hija.

— ¿Sibni vive? Preguntó Yalinde.

—Tendrás que encontrar la respuesta en las palabras del que presenció el nacimiento de Luominem, dama de Annuiben.

— ¿Moran Istiens en este mundo? ¿Es posible?

Etsimo asintió con la cabeza y señaló hacia uno de sus costados. La imagen de un amable anciano ataviado con una túnica del color de la noche con finos brocados de oro apareció con una sonrisa eterna en sus labios.

— ¿Cómo puedo encontrar a ese inmortal?

— El os encontrará a vos, estoy seguro…

Yalinde sintió una fuerza que la llamaba desde el exterior de su visión, sacándola de súbito de la misma, como quien saca un ligero cuerpo hacia el exterior de un mar de tinieblas. La dama fijó la mirada en sus manos que ahora temblaban descontroladas presa del dolor, la imagen del oscuro Uargo se repetía incesantemente en sus pensamientos, un leve suspiro salió de sus labios que poco a poco sentía como la opresión que la asfixiaba desaparecía.

—“Be iest lîn” —Cumpliré tu deseo, añorado Etsimo.

Yalinde se incorporó y dirigió sus ojos hacia el camino que conducía a la fortaleza de Assiala. Callion apareció de entre las dos efigies de piedra tallada que representaban la figura de dos damas de la estirpe de los primeros nacidos, miró a su esposa que aún poseía el rostro demudado y acercándose a ella con aire conciliador le dijo.

—Mi señora, luz de la estrella del norte — ¿Qué pensamientos oscurecen su espíritu? La tomó de sus manos y le regaló un dulce beso a cada una de las palmas.

—La oscuridad se acerca mi amado esposo, una sombra cubre las tierras de mis parientes, en el sur de esta tierra. Una cruel sombra de muerte, guerra y desesperación —He visto el horror en cada uno de los rostros.

—Nada ha de temer mi señora, vuestro padre y sus parientes son fuertes, ya demostraron su valía en las guerras de la oscuridad, Neonach no tiene poder suficiente, el largo asedio lo ha debilitado y el poder de “La Llama” parece haberse desvanecido —El asedio lo mantiene en las negras tierras de Gimlond.

—No es el poder oscuro el que atemoriza a mi espíritu.

— ¿Ha visto mi señora algo en el agua del Seömul? Preguntó intrigado por las respuestas de su esposa.

—Muerte… He visto la muerte.

— ¿Quién es el que ha partido a las estancias de los poderes?

—He visto partir a mi padre a lomos de su caballo a las tierras de los diadhaid, he visto la crueldad anatai y he recibido un oscuro mensaje…

— ¿Un mensaje? ¿Quién lo enviaba?

—Etsimo en persona, así se me ha aparecido, su espíritu no mora junto al único, no hay paz en él y las puertas de la morada de los poderes no se han abierto para el segnano —Él me habló —Pidió mi ayuda, mi hermana Amariel necesita del poder del norte.

Callion la miró en silencio, una suave brisa acarició el pelo del señor de las tierras de Annuiben que ahora parecían poseer el vigor de la plata y los ojos del color del jade se clavaron en los de su esposa.

—Marido, mi sangre está en peligro, Amariel pronto caerá por la codicia de los hijos menores y la sangre de mi casa morirá con ella.

—Largo tiempo ha transcurrido desde que los hermanos mayores dejamos de interferir en los asuntos de los menores, ¿Recuerda?

—Lo recuerdo y lo entiendo, los mayores no han de perdonar la traición anatai, pero es la sangre de mi linaje la que ahora se ve manchada por la oscuridad de la corrupción anatai. Ahora es un problema que nos concierne a primeros y segundos nacidos — ¿No cree? —Callion, mi hermana languidece, su primogénito a caído por el acero anatai y Sibni… —Sibni aún vive —Etsimo me lo pidió y yo juré ayudarlo.

—Entonces mi reina, Annuiben acudirá a cumplir su juramento.

 

 Que la estrella del norte brille sobre la oscuridad del poder oscuro

 

 

 

 

 


Proyecto Primavera 0021

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