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as primeras nieves del invierno cubrían con su blanco manto las tierras de los Cartwell de Valle Umbroso. El sol acariciaba con sus suaves dedos la blanca superficie y las primeras luces del día comenzaban a derretir las congeladas gotas de rocío de la pasada noche.Selíra salía de su humilde hogar, como cada mañana al amanecer, por el sendero que atravesaba el bosque de Fernor en dirección a las fértiles tierras del valle. Con las primeras luces del alba, la joven cargaba con unas enormes cestos de mimbre para recoger los frutos que la madre tierra tuviera bien a regalarle. Katlyn, su madre, quedaba en casa absorta en las labores de su telar, intentando acabar con la poca lana que le quedaba, unas calzas para un granjero que vivía a menos de una milla de la humilde casa de piedra de la encrucijada del camino real del norte.
La
dama Katlyn era poseedora de la belleza lánguida de las mujeres del norte,
belleza que la joven Selíra había heredado. De tez pálida, ojos grandes del
color del ónice pulido y una hermosa cabellera que se derramaba hasta su cintura en una catarata de cabellos del
color del crepúsculo. Katlyn miró al cielo y vio aparecer los primeros copos de
nieve de la mañana, se apoyó en el quicio de la puerta y sus ojos se dirigieron
cautelosos en dirección al camino que conducía a las tierras del valle.
Cada
invierno, la dama Katlyn recordaba el alumbramiento de su amada Selíra, cada
dos de Diciembre Katlyn recordaba la primera vez que vio el brillo de sus ojos
y recordaba como Lord Jarran Cartwell la tomaba entre sus brazos para luego
depositarla en su seno y desaparecer en un angustioso silencio. No hubo
palabras, solo una triste y desgarradora mirada y el cruel silencio de aquel
que parte a la guerra. Cada dos de diciembre Katlyn miraba hacia el camino real
del norte como si la figura de su amado Jarran fuese a aparecer sobre el
horizonte. Katlyn dio un largo suspiro y aguardo en silencio mientras se
estremecía tocada por la gélida brisa matutina. Más de un decenio duraba ya esa
larga espera, perdiendo toda esperanza de volver a su amado.
Pero
ese día… Ese día ocurrió algo inesperado…
Selíra
regresó a casa en compañía de un… Un extraño acompañante. Katlyn se alarmó por
unos instantes, pero cuando los dos estuvieron a pocos codos de ella quedó
inmóvil como una estatua de piedra.
El
caöl soltó suavemente la mano de la niña y tras una profunda reverencia dijo.
—Dwiber,
para servirla, mi señora.
—Ohh
—Dijo balbuceando Katlyn —Katlyn para servirlo a vos, mi buen…
—
¡Amigo! Se apresuró a decir la pequeña Selíra.
—
¡Un amigo! ¡Sin duda, un buen amigo! —Si vos me lo permitís, bella dama.
Katlyn
hizo un gesto dulce de asentimiento con los profundos ojos negros, miró a su
hija, no sin asombro e invitó a ambos a que se quitaran el frio del camino en
la lumbre de la sala. Katlyn se apresuró a servir un caliente té de menta y
jengibre, tomó asiento enfrente del anciano, con un cierto aire de
incertidumbre.
—Y…
—Y… — ¿Qué le trae a mi humilde morada? Dijo Kat clavando una penetrante mirada
al viejo caöl.

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