La Primavera de Luominem
“Elemmírë
Amalanya”, así se cantan en las canciones por el paso de las edades, las
guerras de la oscuridad “Hûl Methemben”, las guerras del olvido, de las cuales
ya pocos quedan para recordar su dolor. Los cielos aún se cubrían con una
espesa bruma que parecía resistirse en su lobreguez. El sol parecía ocultarse
horrorizado por la visión de la muerte de los hijos del padre y del poder
oscuro. Aves carroñeras se posaban en los últimos campos de batalla para
saciarse con la carne de los hijos de Athanaan y enormes hogueras con una
inmensa pila de cuerpos ardían feroces en llamas dibujando un macabro
resplandor la tierra y tiznando el cielo de oscuridad. Grandes fueron las hazañas de las huestes de
la primera alianza entre primeros y segundos nacidos en las nobles tierras de
la creación del padre, pero no hubo alegría en sus corazones. Los corazones de
los anatai y los Ghin aún lloraban la pérdida de padres, maridos, hijos y
hermanos, mientras que en las tierras desoladas de Gimlond el poder oscuro era
retenido, asediado, por una feroz vigilancia por las huestes de las casas de
Amarth. Tras el asedio del poder oscuro, los capitanes de las huestes de
Amarth, semilla de los Diadhaidh se reunieron en las tierras del este, las
antiguas tierras de Dringia, que posteriormente denominarían Agmar los
herederos de los anatai que las poblaron.
Al oeste de estas tierras, se alzaba imponente
el Caras Thorond, “la torre del águila”, construida por las manos de los Âmaros
venidos de continente oculto, así es como los segundos nacidos denominarían a
los hombres venidos de Amarth, la tierra bendecida más allá del mar oriental.
Una torre construida en piedra del color de la ceniza, con toscas defensas de
piedra y madera, tres torres se encontraban en el interior de sus gruesos muros,
torres de más de treinta varas de altura con una atalaya en cada una de ellas,
siempre vigilante a la oscuridad que ocultaba los cielos de las tierras de
Gimlond. En el centro de las tres torres se encontraba el anillo del juicio, un
anillo dorado que albergaba los tres tronos de las casas de los descendientes
de los poderes, sabios y poderosos encantamientos eran los que estaban escritos
en un rojo escarlata sobre el dorado anillo, sortilegios de victoria, fuerza y
dominación en nombre de los seis poderes creados del pensamiento del padre. En
el centro del mismo, un altar de blanco mármol tallado por los artesanos
âmaros, sostenía un enorme cuenco de oro del cual asomaba una llama de un color
azul purpureo, en recuerdo de la llama de la creación. Doce enormes columnas de
más de seis varas de altura sostenían unos arcos que las ataban entre sí, y en
el centro de cada una de ellas se erigía una imagen de cada uno de los poderes
del creador. Tres tronos de mármol, tres asientos de poder, tres casas que los
poseían, tres tronos de blanco y escarlata que ahora ocupaban los orgullosos
capitanes de las nobles casas. En el primero de ellos se sentaba Glîno de la
Casa Curaidean, de la estirpe de los poderes Talam y Gaöth, la semilla de la
tierra y los cielos, blanco y azul era su estandarte, con la espada “Portadora
de luz” bordada en fino oro sobre el fondo blanco, hijos de las tierras
norteñas de Amarth. En el segundo de los tronos se sentaba Isenar “el alto”, de
la casa de Clûird, descendientes de la semilla de Uisge y Reultan, hijos del
linaje del mar y las estrellas, señores del oeste de las tierras de Amarth.
El
tercer trono lo ocupaba Veön “El sabio” de la casa de Slânachaid, del linaje de
Leigheas y Kano, hijos de la sanación y la guerra, señores de las tierras del
este del continente bendecido, azul y plata era su estandarte, en el cual se
dibujaban las olas del mar oriental. Tres señores de las casas bendecidas ante
el anillo de poder para decidir el destino del continente ponientí, tierras de
la creación de sus parientes.
El sol
parecía querer asomarse entre las columnas del círculo, una brisa del norte
acarició los rostros de los miembros del anillo obligándoles a recordar que
debían abandonar estas devastadas tierras de sombra y entregarlas a los que cumplieron
con el juramento y lo pagaron con la sangre y el acero de sus casas. Así pues
comenzó el juicio.
—Hermanos,
parientes —comenzó Veön —El poder oscuro ya se esconde tras las montañas,
encerrado en las tierras desoladas, en la negra torre de As´wa, su negra morada
por el paso de las edades —Es tiempo de decidir el destino de Dunneresea, las
tierras más allá del mar—. Veön miró al resto de los señores y esperó con una
mirada ansiosa a que respondiesen.
Isenar,
miró al resto de los capitanes e hizo un gesto con la mano señalando hacia su
corazón, bajó lentamente la mano en acto de respeto y comenzó su alegato.

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