Del
encuentro y de la partida
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a
luna iluminaba con renovado fulgor, las arenas blancas de las calas de la Bahía
de los susurros. Casa Cassel, observaba las costas desde la altura y las arenas
de la costa de las cenizas la enardecían, alta e imponente como una torre
oscura.
El
mar de Uisge, hablaba a todos aquellos que aún recordaban esa olvidada lengua,
con el incesante susurro de las olas, rompiendo contra las rocas de la
escollera que custodiaba el puerto.
Hanne
montaba su frisón blanco llamado Aurora, una yegua poseedora del mismo ardiente
carácter que su dueña, de un suave pelaje del color de la plata, con unas
crines adornadas en perfectas trenzas, abrochadas entre sí, con el sol naciente
dorado, blasón de la casa Caswell.
La
refrescante brisa marina, salpicaba con diminutas gotas de sabor salado, el
terso rostro de Hanne. La joven desmontó a Aurora y tomándola por las riendas,
caminaron por la orilla hasta que la figura de un desconocido comenzó a
dibujarse a lo lejos. Hanne enmudeció, hasta que los rayos lunares iluminaron
el rostro del joven que se detuvo a pocos pasos de ella.
—
¿A qué se debe esta visita, hermano? Dijo Hanne con la suavidad de la seda.
—Pues,
a decir verdad, hermanita, llevo toda la jornada deseando hablar con vos, si me
lo permite, contestó Jevan.
—
¡Siempre! —Dijo Hanne acariciando la palabra en sus labios.
—Verás,
Hanne. He notado que vos y el hijo de Sargen…
—
¿Si? —Contestó ahora en un tono más seco.
—He
notado que Gléomer, se fija mucho en vos.
—Dicen
que los hombres se han fijado en las mujeres desde el principio de los tiempos,
vos mismo sois uno de ellos, debería entender este asuntillo, ¿No?
—Sí,
pero me agradaría saber, si el interés, es mutuo. Dijo Jevan clavando sus ojos
verdes en los de su melliza.
Hanne
se irguió orgullosa y como si de una leona acorralada se tratase, clavó las
garras del sarcasmo en el cuerpo de su hermano.
—Creo,
hermano mío, que mis intereses solo me conciernen a mí, ¿No cree?, no veo la
necesidad de dar explicaciones de lo que, a vos, no le debería importar en lo
más mínimo.
—Hanne,
sabes que padre quiere unir su casa a la de Gudrog de Erlings y si no recuerdo
mal eso sí que os concierne y es de la incumbencia de tus señores.
—Padre
lo único que desea es venderme como ganado, tanto da que sea ese apestoso
bastardo de Erlings, como otro apestoso bastardo, que le dé un buen precio por
lo que poseo entre mis piernas.
Jevan
lanzó una bofetada, que Hanne no vio venir. La joven cubrió la parte de la
mejilla que había sido golpeada y unas lágrimas de rabia incontenida, brotaron
de sus ojos.
—Te
prohíbo que hables así de padre, mujer, le debes respeto, ¿Para qué crees que
ha criado a una simple hija? ¿Acaso podéis sujetar una espada entre las manos?
¿Podríais blandirla con ira contra un enemigo? ¡No sabéis nada!
—Si
me dieran la oportunidad, ¡Sí!, ¡Por los seis que sí! Es bien seguro que esta
mujer podría demostrar más valor, que esos pavos gordos que nuestro padre llama
amigos…
Jevan
levantó por segunda vez la mano. Hanne se encogió atemorizada, esperando el
segundo golpe de su hermano, cuando una voz dura, le obligó a detenerse.
—
¡Jevan, detente! Dijo con tono gélido Gléomer.
—
¡Sargen, esto no va con vos! ¡Hay que domar a esta fiera! Dijo Jevan echando
mano a la empuñadura de su espada.
—Si
yo fuese vos, alejaría las manos de la empuñadura de su espada… Y del rostro de
su hermana, Sir.
—
¿Vais a ser vos quien me obligue, Sargen?
—Os
lo aconseja un amigo, un leal amigo que no desea arrancarla de su brazo, pero
si no sigue mi consejo, por los dioses que acabaré con su vida.
—Entonces…
¡Bailemos, Gléomer!
El
acero de la espada de Jevan, refulgió brillante a la luz de la luna. Gléomer,
desenvainó a “Maldición” y la hizo
bailar girándola sobre sus muñecas, haciendo silbar la hoja fría como el hielo.
—
¡Alto! Dijo ahora Hanne, interponiéndose entre los dos amigos con los brazos
abiertos en cruz, protegiendo con su espalda a Gléomer.
—Gléomer,
baje la espada, mi hermano hará lo mismo. ¿Qué locura es esta? ¿Han cruzado el
mar para perder su amistad? ¿La perderían por mí? ¡Dioses, esto es de dementes!
—
¿Acaso importa, hermana?
—
¿Cree que es de mi agrado ver morir a mi hermano, a manos de su amigo? ¿Cree
que es de mi agrado ver morir a Gléomer por las manos de mi hermano? ¿Saben
cuál es el precio que se paga por esta insensatez?
Los
dos jóvenes se miraron, las espadas apuntaron a la blanca arena y un silencio
sepulcral, dotado de la sustancia que solo da el orgullo, inundó las arenas de
la playa.
—Perdón
Jevan, dijo Gléomer envainando la espada.
Jevan
lo miró con ojos inquisitivos, el desprecio que había dibujado en ellos, los
hacían centellear de ira. Jevan clavó los ojos en los de su hermana y
envainando la espada le dijo.
—Recuerda
hermana, recuerda a quien le debes el respeto, o muy pronto habrás de
lamentarlo, lamentarás haber nacido en el seno de esta casa…
—Créeme,
Jevan, ya lo lamento.
Jevan
miró por última vez con los ojos embotados por la rabia a Gléomer y saltando
sobre su garañón pinto, se alejó al galope.
Hanne
lloró desconsolada, un grave sentimiento de rabia e impotencia la traspasó y
cuando su ánimo estuvo menos tenso, se dio cuenta que estaba entre los fuertes
brazos de Gléomer.
—
¿Qué ha sucedido? Preguntó Gléomer.
—Mi
padre desea venderme como un animal, al primer gran señor que tenga el
suficiente oro para pagar mi precio.
—Dioses…
Contestó amargamente Gléomer.
—Los
hombres luchan y mueren en el campo de batalla, pero nadie, absolutamente
nadie, se da cuenta de lo que le sucede a una mujer. Se nos prohíbe luchar como
hombres para honrar a la familia a la que pertenecemos, la misma que nos
entrega como sonrientes esclavas, humilladas y vejadas, pariendo a los hijos de
aquel a quien hemos sido vendidas como una bestia de carga.
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