viernes, 13 de mayo de 2022

Proyecto Primavera 0021

 



La Primavera de Luominem

 

“Elemmírë Amalanya”, así se cantan en las canciones por el paso de las edades, las guerras de la oscuridad “Hûl Methemben”, las guerras del olvido, de las cuales ya pocos quedan para recordar su dolor. Los cielos aún se cubrían con una espesa bruma que parecía resistirse en su lobreguez. El sol parecía ocultarse horrorizado por la visión de la muerte de los hijos del padre y del poder oscuro. Aves carroñeras se posaban en los últimos campos de batalla para saciarse con la carne de los hijos de Athanaan y enormes hogueras con una inmensa pila de cuerpos ardían feroces en llamas dibujando un macabro resplandor la tierra y tiznando el cielo de oscuridad.  Grandes fueron las hazañas de las huestes de la primera alianza entre primeros y segundos nacidos en las nobles tierras de la creación del padre, pero no hubo alegría en sus corazones. Los corazones de los anatai y los Ghin aún lloraban la pérdida de padres, maridos, hijos y hermanos, mientras que en las tierras desoladas de Gimlond el poder oscuro era retenido, asediado, por una feroz vigilancia por las huestes de las casas de Amarth. Tras el asedio del poder oscuro, los capitanes de las huestes de Amarth, semilla de los Diadhaidh se reunieron en las tierras del este, las antiguas tierras de Dringia, que posteriormente denominarían Agmar los herederos de los anatai que las poblaron.

 Al oeste de estas tierras, se alzaba imponente el Caras Thorond, “la torre del águila”, construida por las manos de los Âmaros venidos de continente oculto, así es como los segundos nacidos denominarían a los hombres venidos de Amarth, la tierra bendecida más allá del mar oriental. Una torre construida en piedra del color de la ceniza, con toscas defensas de piedra y madera, tres torres se encontraban en el interior de sus gruesos muros, torres de más de treinta varas de altura con una atalaya en cada una de ellas, siempre vigilante a la oscuridad que ocultaba los cielos de las tierras de Gimlond. En el centro de las tres torres se encontraba el anillo del juicio, un anillo dorado que albergaba los tres tronos de las casas de los descendientes de los poderes, sabios y poderosos encantamientos eran los que estaban escritos en un rojo escarlata sobre el dorado anillo, sortilegios de victoria, fuerza y dominación en nombre de los seis poderes creados del pensamiento del padre. En el centro del mismo, un altar de blanco mármol tallado por los artesanos âmaros, sostenía un enorme cuenco de oro del cual asomaba una llama de un color azul purpureo, en recuerdo de la llama de la creación. Doce enormes columnas de más de seis varas de altura sostenían unos arcos que las ataban entre sí, y en el centro de cada una de ellas se erigía una imagen de cada uno de los poderes del creador. Tres tronos de mármol, tres asientos de poder, tres casas que los poseían, tres tronos de blanco y escarlata que ahora ocupaban los orgullosos capitanes de las nobles casas. En el primero de ellos se sentaba Glîno de la Casa Curaidean, de la estirpe de los poderes Talam y Gaöth, la semilla de la tierra y los cielos, blanco y azul era su estandarte, con la espada “Portadora de luz” bordada en fino oro sobre el fondo blanco, hijos de las tierras norteñas de Amarth. En el segundo de los tronos se sentaba Isenar “el alto”, de la casa de Clûird, descendientes de la semilla de Uisge y Reultan, hijos del linaje del mar y las estrellas, señores del oeste de las tierras de Amarth.

El tercer trono lo ocupaba Veön “El sabio” de la casa de Slânachaid, del linaje de Leigheas y Kano, hijos de la sanación y la guerra, señores de las tierras del este del continente bendecido, azul y plata era su estandarte, en el cual se dibujaban las olas del mar oriental. Tres señores de las casas bendecidas ante el anillo de poder para decidir el destino del continente ponientí, tierras de la creación de sus parientes.

El sol parecía querer asomarse entre las columnas del círculo, una brisa del norte acarició los rostros de los miembros del anillo obligándoles a recordar que debían abandonar estas devastadas tierras de sombra y entregarlas a los que cumplieron con el juramento y lo pagaron con la sangre y el acero de sus casas. Así pues comenzó el juicio.

—Hermanos, parientes —comenzó Veön —El poder oscuro ya se esconde tras las montañas, encerrado en las tierras desoladas, en la negra torre de As´wa, su negra morada por el paso de las edades —Es tiempo de decidir el destino de Dunneresea, las tierras más allá del mar—. Veön miró al resto de los señores y esperó con una mirada ansiosa a que respondiesen.

Isenar, miró al resto de los capitanes e hizo un gesto con la mano señalando hacia su corazón, bajó lentamente la mano en acto de respeto y comenzó su alegato.

jueves, 12 de mayo de 2022

Avance del prologo del libro tercero de la Saga. 00Pr-TDO


 

S

ir Austin siempre había sido del parecer que las rameras, los mercaderes y los pobres que mendigaban un plato de las sobras de los tenderetes de calderos de las ciudades, eran mejores informadores que todos los agentes que clavaban ojos y oídos en los caminos reales, pagados por el oro de ningún gran señor.

La enorme casa del mercader de joyas se situaba a la ribera oriental del camino que conducía a los atestados puertos del Aguas negras.

Gaiel, la esposa del mercader, una anatai de tez pálida, una norteña, sin duda provista de la austera belleza de las damas del norte, de belleza agreste y poseedora de unos abundantes pechos, que según decían las malas lenguas de las posadas y tenderetes, había embrujado al obeso comerciante de joyas con el poder de la magia que conservaba entre sus piernas, era la dama de la casa en las largas ausencias de su esposo. De verbo dulce y “Todo halago” recibió en su casa al nuevo hombre del rey, con la mesa colmada de los más inesperados manjares y con las piernas dispuestas a abrirse en cuanto Sir Austin lo requiriese. La fama de Sir Austin lo precedía como el trueno precede a la tormenta y en su caso, la tormenta, por lo general acababa en el lecho o con el frio acero atravesando tus entrañas.

Tras una breve comida, al estilo norteño, regada con el áspero vino de las tierras de Los parajes y de los muchos frutos de las tierras y los bosques de las antiguas tierras de Evôreth, así como de las dos riberas del Aguas negras, pudiesen ofrecer al noble invitado. Gaiel, la dama de la casa, se acercó lentamente a su huésped dejando al descubierto, en su mayor parte, las muchas virtudes que habían hechizado al rico mercader.

Los ojos de Sir Austin se clavaron en la inmensidad de leche tibia que prometían los pechos de Gaiel y descubrió unos enormes pezones rosados, que se endurecían al contacto del roce de la suave gasa de seda de la que estaba confeccionada la túnica de la dama.

— ¿A qué se debe la visita del nuevo hombre del rey? ¿Qué puede ofrecer la simple esposa de un mercader, al segundo hombre más importante de la región?

Gaiel que apoyaba su trasero en la mesa, entreabrió ligeramente las piernas para que Sir Austin, descubriese su más preciado tesoro.

—Se dice que la generosidad de la dama Gaiel es legendaria, así como su belleza, respondió clavando sus penetrantes ojos grises en los de ella.

—Gaiel se acercó a su noble huésped, con una de sus hábiles manos, desabrochó lentamente uno de los broches que sujetaban la túnica de seda a su cuerpo, deslizándola por sus pechos, hasta que liviana como una pluma, cayó a los pies de Sir Austin.

— ¿Es suficiente, como para hacerla suya, Sir Austin? Dijo Gaiel mordiéndose ligeramente el labio inferior.

Las manos de Sir Austin bajaron hasta su cintura y desabrochando el grueso cinturón de cuero que ceñía la espada a su cintura, desabrochó las gruesas calzas de cuero blando, mostrando su miembro a la dama.

Gaiel le dedicó una mirada pícara, sus ojos se clavaron en el recién descubierto miembro y se sonrojó ligeramente. Gaiel, le dedicó la sonrisa más seductora que Sir Austin recordase en años, mientras se arrodillaba lentamente dándole placer con sus labios.

El suave pelo del color de la miel recién cortada, se deslizaba a los lados a cada movimiento de los labios de la dama, que suavemente acariciaba el miembro de Sir Austin aprisionándolos entre ellos. Los abundantes pechos continuaron la tarea que los labios dejaran por un instante, envolviéndolo con la calidez y la suavidad del tacto de la piel de la dama, que sin duda reafirmaban la firmeza de los senos que se adivinaba a simple vista nada más verlos.

Sir Austin hizo un gesto a Gaiel con la mirada, un gemido de placer brotó de sus labios y sonriendo, invitó a la dama a que tomase asiento, introduciéndose por completo su miembro, en la suave calidez de la entrepierna de ella.

Los labios de sir Austin acariciaban los rosados pezones, al tiempo que la dama, con los ojos entrecerrados de placer, emitía suaves gemidos placenteros, mientras su cuerpo comenzaba a retorcerse de placer.

—Sir, ha de facilitarme el nombre del herrero que forjó tan regia espada, a mi amado esposo, le seria de mucha utilidad blandir una como la que me atraviesa el vientre en estos instantes, dijo con un quebradizo hilillo de voz ahogado por los suspiros.

El cuerpo de Gaiel se retorció en entre el dolor placentero del éxtasis y ahogando un grito de inmenso placer, agarró el rostro de Sir Austin, clavó las uñas en su barba y mordió entre acompasados gemidos los labios del hombre. La respiración entrecortada y los suaves movimientos de caderas de la dama, pronto provocaron que la calidez de la semilla de Sir Austin inundara el vientre de Gaiel, la dama dio un gritito cómplice de sorpresa y sonriendo, besó los labios del Sir, como quien prueba el jugo de la fruta más codiciada.

De las tierras de Annuiben. Cap dedicado a mi amiga Elisabeth

 

Este capítulo se lo dedico especialmente a Elisabeth .

Un ser de luz que ha estado apoyándome en todo momento desde el

Momento que la conocí. Amiga este capítulo, el personaje y mi corazón

Es suyo.

 

De las tierras gélidas de Annuiben.

L

as fértiles tierras del reino de Annuiben siempre fue el hogar de los altos chindar del norte. Los primeros en habitar las tierras del Dôr Annun, posteriormente conocida y nombrada por los anatai como Annuiben, fueron los altos chindar de la estirpe de los Anduirver.

Dôr Annun poseía la magia intemporal en cada rincón de sus antiguas tierras, por ella la mácula del tiempo parecía no hacer mella y sus tierras poseían la belleza y el esplendor de la primera edad, cuando el mundo era joven y vigoroso, una intensa luz la poblaba avivando el color de los intemporales arboles que poblaban sus bosques.

Tras la Bregol Elvedui y posterior asedio del señor oscuro en las tierras brunas, los altos Anduiruer se trasladaron desde las tierras de Dôr-Jaalan a través del paso del occidente hacia las tierras norteñas.

Annuiben, las tierras gélidas, como denominaban los anatai de los cercanos reinos Annâtari de Beresia y Bergesia, ambos leales súbditos y hogar de las grandes casas anatai que les rendían vasallaje a los señores chindar del norte.

Keoram, la ciudad blanca, hogar de los señores chindar de Annuiben, se situaba al sureste de las Eollen, las montañas de la niebla y el rio Fénor. El Mielsor, el más caudaloso, atravesaba con sus tumultuosas y frías aguas las tierras del bosque de Alur. El Fénor dormía sus aguas descendiendo por una catarata formando el lago Seömul, adentrándose tras las murallas del Assiala, hogar de la dama Yalinde y Callion, señores de las blancas tierras del reino.

Yalinde, la invocadora, llamada en alto chindar como “Lanthiril”, la dama de la catarata, como es conocida tanto por los primeros como por los segundos hijos del padre en el reino de Annuiben. “Luthadis”, la dama del don, como se la conoce en los vecinos reinos anatai de Bergesia y Beresia.

La dama Yalinde era poseedora de una belleza digna de la estirpe de los primeros nacidos. Dueña de unos penetrantes ojos del color de las estrellas, salpicados por tenues matices de celeste y dorado, grandes como un eterno océano de paz. De largos cabellos del color de la madera de cerezo, que se vertían casi hasta su fina cintura como delicadas cataratas.

Yalinde era la segunda hija del rey Ungowë de Anore, de la familia de los altos chindar de los Baralin, “Los fieros” como se les conocía en la lengua común del oeste. Su padre la entregó en matrimonio a un hijo de Mâlben, un gran señor de la estirpe de los Anduiruer, un alto chindar que aún era capaz de recordar la era del despertar.

Callion la desposó en el secto de la antigua ciudad de Aeriar en las tierras de Evôreth, región norteña de Jaaluna, que posteriormente seria nombrada por los anatai como Segnania. Yalinde y Callion tomaron los votos matrimoniales junto a Amariel, hermana de Yalinde y Etsimo de la Casa de Darg, segundo en la línea de sucesión al gobierno de las tierras, que por nombramiento, le fueron ofrendadas a Idnayn de Darg.

Yalinde era considerada como una de las damas chindar más poderosas y sabias del continente occidental, poseedora de “El Don” como llamaban los primeros nacidos a la habilidad de la visión. Don que al parecer la hacía ser venerada y temida a partes iguales por sus súbditos y anatai leales a la casa de Barhuer.

Yalinde se encontraba sentada en una de las orillas del lago Seömul. El sonido del agua de la catarata envolvía sus sentidos y la olvidada lengua del agua, susurraba dulces palabras en los oídos de la blanca dama.

La señora del Assiala, se acuclilló apoyando sus rodillas en una de las orillas del lago. Su bello rostro quedó reflejado en la superficie del Seömul como una radiante imagen atrapada en un inmenso espejo de plata, Yalinde acarició la superficie del lago y unas tímidas ondas difuminaron la imagen de su rostro. Unos vapores argentos y dorados comenzaron a inundar la orilla del Seömul y las finas gotas de Aethema reflejaron los rayos del sol inundando la orilla occidental del lago con los seis colores. Seis colores, cada uno de ellos dedicado a los seis poderes del único.

Yalinde sintió un profundo estremecimiento, una pesada losa se poso en su pecho y la sensación de asfixia atenazó los sentidos de la dama, una oscuridad cargada de sustancia invadió su espíritu, la tristeza y la pena arrancaba ahogados gritos de dolor en su interior y la bóveda celeste comenzó a tomar el color del ocaso ante sus bellos ojos. Sintió la presencia de su padre, su rostro cubierto por una fulgurante luz similar a los rayos de sol, le sonreía mientras tomaba las riendas de su caballo y lo montaba con renovadas fuerzas. Yalinde pudo distinguir de entre sus labios un nombre; Nombre que la hizo estremecer de amargura, el nombre, era el de su hermana Amariel.

Tras nombrar a su primogénita, hizo un gesto de asentimiento con la cabeza dulce, cortes, con una cordialidad que Yalinde comprendió al instante que era una despedida, una despedida cargada de un amor infinito que parecía revolverse entre tumultuosas aguas bañadas por la intensa luz blanquecina, sonrió acariciando las blancas crines de su montura y emprendió

“El largo viaje” a través de ella, que tras de sí parecía estar esperándole para envolverlo en su calidez sumergiéndolo hasta diluirse, en la paz de las tierras imperecederas.

La dama de Annuiben fijó la mirada en la superficie de las aguas que instantes atrás reflejaran su rostro, la contempló unos breves instantes y las tranquilas aguas del Seömul le susurraron secretos de tiempos pasados, presentes y de los que han de acontecer. El agua se tiñó del color del fuego, desplegando ante los ojos de la invocadora unas destructoras llamas que tocaban con sus ardientes dedos el rostro de la señora. Los ojos de Yalinde se abrieron mostrando el gris de los mismos a la superficie del agua. Vio entre las llamas como una miríada de soldados vestidos de escarlata hacían restallar furiosos sus látigos a una larga hilera de presos, que juntaban sus manos obligados por los apretados grilletes que los unían a una gruesa cadena, sintió el desgarrador vacio que el dolor de la guerra y la esclavitud condenaba sus almas a un pozo eterno de oscuridad. Vio como un soldado arrancaba a un hijo de su madre, sujetándolo por los minúsculos pies del recién nacido, estampaba su cabeza contra la esquina de una choza de piedra que ardía en llamas, mientras el grito de dolor de la madre hacia que las miradas de otros dos soldados se fijaran en ella y comenzaran a arrancarle la ropa mientras otro apoyaba la fina punta de la hoja de su cuchillo de caza en el cuello de ella. Vio el blasón del ciervo coronado arder, las llamas intentaban consumir sin éxito el dorado blasón que refulgía como hechizado por un poderoso encantamiento. Sus ojos se fijaron en unos oscuros jinetes que montaban unos enormes corceles de guerra oscuros como los pensamientos de los que los montaban, lanzaban antorchas a los tejados de los hogares de los muertos o prisioneros, reduciéndolos a cenizas, pudo sentir el dolor, pudo sentir el horror, pudo sentir como las almas se quebraban en pedazos entre gritos de dolor y maldiciones ahogadas a golpe de látigo.

El Seömul se oscureció y de sus tranquilas aguas surgieron las figuras amortajadas de Idnayn, Etsimo y Amanmo de Darg, su pálido color de muerte hizo retroceder unos centímetros el rostro de la blanca dama de la superficie del lago. Los pálidos ojos de los segnanos se abrieron de súbito y el que antaño fuese el amado esposo de su hermana Amariel emergió del agua cobrando forma como alentado por la oscuridad de las aguas. La carne hecha girones mostraba los signo de la podredumbre, sus huesudos dedos agarraron en un gesto torpe la empuñadura de su espada, acariciándola como era costumbre del señor segnano, se detuvo ante la bella Yalinde y una palabras salieron de sus inmóviles labios entre oscos susurros ahogados, la voz estremeció a la dama y sus ojos se clavaron en la ausente mirada de Etsimo mientras escuchaba su mensaje.

—“Suil annuî, erio thûl lin faen hen”— Los vientos de occidente inundarán su pecho con su espíritu.

—“Berio nîn Athanaan” —Athanaan nos protegerá, contestó con voz suave Yalinde.

Etsimo cerró los ojos con gesto cansado, un suspiro se escucho de entre sus labios y le respondió.

—Yalinde, tus parientes empalidecen en las tierras que se nos ofrendaron, la oscuridad puebla por las antiguas tierras de Dôr-Jaalan —Etsimo miró con el hueco de sus ojos a sus débiles manos y continuó —Poco auxilio pueden dar las que antaño fueren manos fuertes y poderosas, nada pueden aportar a tal fin y el ocaso de tu estirpe ahora se ve más próximo en las tierras del sur —Ahora, la que fue la razón de mi dicha corre peligro mientras ve caer a sus hijos, un pozo de aguas profundas y ponzoñosas la rodean, la que amé hasta mi último aliento necesita de la sangre Baralin —Amariel necesita de todo el poder de Annuiben — ¿Acudirá la dama de la catarata en auxilio de su sangre?

Yalinde cerró los ojos, dos lágrimas cruzaron sus mejillas y cayeron en la superficie del agua. Etsimo se sumergió con rostro triste bajo las aguas del lago y la oscuridad que lo envolvía se transformo un una tenue luz de color índigo que parecía cobrar vida ante sus ojos. La silueta de una niña se dibujo en el centro de la luz que se tornaba púrpura con matices azules por momentos, la niña caminó hacia la dama blanca y pronto pudo reconocer la figura de Sibni. El rostro de Yalinde se iluminó y una agradable sensación de calidez invadió sus sentidos.— ¿Sibni? —Pequeña ¿Eres tú?

La figura sonrió en silencio, hizo un gesto dulce, casi infantil con su mano derecha y se volvió hacia la luz purpura que tomaba la forma de un enorme Uargo. La enorme bestia cánida, se adelantó sin rozar a la silueta de la niña, Etsimo la miró con el semblante cargado de pena y habló.

—Oscuros poderes son los que envuelven el espíritu de la que por amor vino al mundo de mi semilla, el fruto del vientre de Amariel se diluye —El odio y la venganza cubren con un pesado velo los ojos de mi hija.

— ¿Sibni vive? Preguntó Yalinde.

—Tendrás que encontrar la respuesta en las palabras del que presenció el nacimiento de Luominem, dama de Annuiben.

— ¿Moran Istiens en este mundo? ¿Es posible?

Etsimo asintió con la cabeza y señaló hacia uno de sus costados. La imagen de un amable anciano ataviado con una túnica del color de la noche con finos brocados de oro apareció con una sonrisa eterna en sus labios.

— ¿Cómo puedo encontrar a ese inmortal?

— El os encontrará a vos, estoy seguro…

Yalinde sintió una fuerza que la llamaba desde el exterior de su visión, sacándola de súbito de la misma, como quien saca un ligero cuerpo hacia el exterior de un mar de tinieblas. La dama fijó la mirada en sus manos que ahora temblaban descontroladas presa del dolor, la imagen del oscuro Uargo se repetía incesantemente en sus pensamientos, un leve suspiro salió de sus labios que poco a poco sentía como la opresión que la asfixiaba desaparecía.

—“Be iest lîn” —Cumpliré tu deseo, añorado Etsimo.

Yalinde se incorporó y dirigió sus ojos hacia el camino que conducía a la fortaleza de Assiala. Callion apareció de entre las dos efigies de piedra tallada que representaban la figura de dos damas de la estirpe de los primeros nacidos, miró a su esposa que aún poseía el rostro demudado y acercándose a ella con aire conciliador le dijo.

—Mi señora, luz de la estrella del norte — ¿Qué pensamientos oscurecen su espíritu? La tomó de sus manos y le regaló un dulce beso a cada una de las palmas.

—La oscuridad se acerca mi amado esposo, una sombra cubre las tierras de mis parientes, en el sur de esta tierra. Una cruel sombra de muerte, guerra y desesperación —He visto el horror en cada uno de los rostros.

—Nada ha de temer mi señora, vuestro padre y sus parientes son fuertes, ya demostraron su valía en las guerras de la oscuridad, Neonach no tiene poder suficiente, el largo asedio lo ha debilitado y el poder de “La Llama” parece haberse desvanecido —El asedio lo mantiene en las negras tierras de Gimlond.

—No es el poder oscuro el que atemoriza a mi espíritu.

— ¿Ha visto mi señora algo en el agua del Seömul? Preguntó intrigado por las respuestas de su esposa.

—Muerte… He visto la muerte.

— ¿Quién es el que ha partido a las estancias de los poderes?

—He visto partir a mi padre a lomos de su caballo a las tierras de los diadhaid, he visto la crueldad anatai y he recibido un oscuro mensaje…

— ¿Un mensaje? ¿Quién lo enviaba?

—Etsimo en persona, así se me ha aparecido, su espíritu no mora junto al único, no hay paz en él y las puertas de la morada de los poderes no se han abierto para el segnano —Él me habló —Pidió mi ayuda, mi hermana Amariel necesita del poder del norte.

Callion la miró en silencio, una suave brisa acarició el pelo del señor de las tierras de Annuiben que ahora parecían poseer el vigor de la plata y los ojos del color del jade se clavaron en los de su esposa.

—Marido, mi sangre está en peligro, Amariel pronto caerá por la codicia de los hijos menores y la sangre de mi casa morirá con ella.

—Largo tiempo ha transcurrido desde que los hermanos mayores dejamos de interferir en los asuntos de los menores, ¿Recuerda?

—Lo recuerdo y lo entiendo, los mayores no han de perdonar la traición anatai, pero es la sangre de mi linaje la que ahora se ve manchada por la oscuridad de la corrupción anatai. Ahora es un problema que nos concierne a primeros y segundos nacidos — ¿No cree? —Callion, mi hermana languidece, su primogénito a caído por el acero anatai y Sibni… —Sibni aún vive —Etsimo me lo pidió y yo juré ayudarlo.

—Entonces mi reina, Annuiben acudirá a cumplir su juramento.

 

 Que la estrella del norte brille sobre la oscuridad del poder oscuro

 

 

 

 

 


lunes, 21 de febrero de 2022

Hanne y Gleomer "Del encuentro"


 

Del encuentro y de la partida

 

 

L

a luna iluminaba con renovado fulgor, las arenas blancas de las calas de la Bahía de los susurros. Casa Cassel, observaba las costas desde la altura y las arenas de la costa de las cenizas la enardecían, alta e imponente como una torre oscura.

El mar de Uisge, hablaba a todos aquellos que aún recordaban esa olvidada lengua, con el incesante susurro de las olas, rompiendo contra las rocas de la escollera que custodiaba el puerto.

Hanne montaba su frisón blanco llamado Aurora, una yegua poseedora del mismo ardiente carácter que su dueña, de un suave pelaje del color de la plata, con unas crines adornadas en perfectas trenzas, abrochadas entre sí, con el sol naciente dorado, blasón de la casa Caswell.

La refrescante brisa marina, salpicaba con diminutas gotas de sabor salado, el terso rostro de Hanne. La joven desmontó a Aurora y tomándola por las riendas, caminaron por la orilla hasta que la figura de un desconocido comenzó a dibujarse a lo lejos. Hanne enmudeció, hasta que los rayos lunares iluminaron el rostro del joven que se detuvo a pocos pasos de ella.

— ¿A qué se debe esta visita, hermano? Dijo Hanne con la suavidad de la seda.

—Pues, a decir verdad, hermanita, llevo toda la jornada deseando hablar con vos, si me lo permite, contestó Jevan.

— ¡Siempre! —Dijo Hanne acariciando la palabra en sus labios.

—Verás, Hanne. He notado que vos y el hijo de Sargen…

— ¿Si? —Contestó ahora en un tono más seco.

—He notado que Gléomer, se fija mucho en vos.

—Dicen que los hombres se han fijado en las mujeres desde el principio de los tiempos, vos mismo sois uno de ellos, debería entender este asuntillo, ¿No?

—Sí, pero me agradaría saber, si el interés, es mutuo. Dijo Jevan clavando sus ojos verdes en los de su melliza.

Hanne se irguió orgullosa y como si de una leona acorralada se tratase, clavó las garras del sarcasmo en el cuerpo de su hermano.

—Creo, hermano mío, que mis intereses solo me conciernen a mí, ¿No cree?, no veo la necesidad de dar explicaciones de lo que, a vos, no le debería importar en lo más mínimo.

—Hanne, sabes que padre quiere unir su casa a la de Gudrog de Erlings y si no recuerdo mal eso sí que os concierne y es de la incumbencia de tus señores.

—Padre lo único que desea es venderme como ganado, tanto da que sea ese apestoso bastardo de Erlings, como otro apestoso bastardo, que le dé un buen precio por lo que poseo entre mis piernas.

Jevan lanzó una bofetada, que Hanne no vio venir. La joven cubrió la parte de la mejilla que había sido golpeada y unas lágrimas de rabia incontenida, brotaron de sus ojos.

—Te prohíbo que hables así de padre, mujer, le debes respeto, ¿Para qué crees que ha criado a una simple hija? ¿Acaso podéis sujetar una espada entre las manos? ¿Podríais blandirla con ira contra un enemigo? ¡No sabéis nada!

—Si me dieran la oportunidad, ¡Sí!, ¡Por los seis que sí! Es bien seguro que esta mujer podría demostrar más valor, que esos pavos gordos que nuestro padre llama amigos…

 

Jevan levantó por segunda vez la mano. Hanne se encogió atemorizada, esperando el segundo golpe de su hermano, cuando una voz dura, le obligó a detenerse.

— ¡Jevan, detente! Dijo con tono gélido Gléomer.

— ¡Sargen, esto no va con vos! ¡Hay que domar a esta fiera! Dijo Jevan echando mano a la empuñadura de su espada.

—Si yo fuese vos, alejaría las manos de la empuñadura de su espada… Y del rostro de su hermana, Sir.

— ¿Vais a ser vos quien me obligue, Sargen?

—Os lo aconseja un amigo, un leal amigo que no desea arrancarla de su brazo, pero si no sigue mi consejo, por los dioses que acabaré con su vida.

—Entonces… ¡Bailemos, Gléomer!

El acero de la espada de Jevan, refulgió brillante a la luz de la luna. Gléomer, desenvainó a “Maldición” y la hizo bailar girándola sobre sus muñecas, haciendo silbar la hoja fría como el hielo.

— ¡Alto! Dijo ahora Hanne, interponiéndose entre los dos amigos con los brazos abiertos en cruz, protegiendo con su espalda a Gléomer.

—Gléomer, baje la espada, mi hermano hará lo mismo. ¿Qué locura es esta? ¿Han cruzado el mar para perder su amistad? ¿La perderían por mí? ¡Dioses, esto es de dementes!

— ¿Acaso importa, hermana?

— ¿Cree que es de mi agrado ver morir a mi hermano, a manos de su amigo? ¿Cree que es de mi agrado ver morir a Gléomer por las manos de mi hermano? ¿Saben cuál es el precio que se paga por esta insensatez?

Los dos jóvenes se miraron, las espadas apuntaron a la blanca arena y un silencio sepulcral, dotado de la sustancia que solo da el orgullo, inundó las arenas de la playa.

—Perdón Jevan, dijo Gléomer envainando la espada.

Jevan lo miró con ojos inquisitivos, el desprecio que había dibujado en ellos, los hacían centellear de ira. Jevan clavó los ojos en los de su hermana y envainando la espada le dijo.

—Recuerda hermana, recuerda a quien le debes el respeto, o muy pronto habrás de lamentarlo, lamentarás haber nacido en el seno de esta casa…

—Créeme, Jevan, ya lo lamento.

Jevan miró por última vez con los ojos embotados por la rabia a Gléomer y saltando sobre su garañón pinto, se alejó al galope.

Hanne lloró desconsolada, un grave sentimiento de rabia e impotencia la traspasó y cuando su ánimo estuvo menos tenso, se dio cuenta que estaba entre los fuertes brazos de Gléomer.

— ¿Qué ha sucedido? Preguntó Gléomer.

—Mi padre desea venderme como un animal, al primer gran señor que tenga el suficiente oro para pagar mi precio.

—Dioses… Contestó amargamente Gléomer.

—Los hombres luchan y mueren en el campo de batalla, pero nadie, absolutamente nadie, se da cuenta de lo que le sucede a una mujer. Se nos prohíbe luchar como hombres para honrar a la familia a la que pertenecemos, la misma que nos entrega como sonrientes esclavas, humilladas y vejadas, pariendo a los hijos de aquel a quien hemos sido vendidas como una bestia de carga.


Las guerras del sur

 


Las tropas de la alianza sureña llegaron a las tierras dominadas por la Casa Huar, en la región de Kell. A la quinta jornada de la tercera luna creciente, ocuparon el inmenso valle tras el bastión de las puertas de Harald.

Thrand de Harald, el Lobo Blanco, hijo de Avalor de Harald, señor de Barhador, estaba al mando de un ejército de cinco mil hombres, e Ingimundr de Halldor, heredero de Asabiam, comandaba una hueste de más de tres mil jinetes y mil espaderos.

Los señores de la alianza sureña se instalaron en un cerro cercano al vasto campamento militar. Unas enormes tiendas de campaña de color rojo carmesí coronaban la cima del cerro, y un sinfín de sirvientes, mozos y servidumbre corrían frenéticos, acondicionando el lugar para sus señores.

Ingimundr se acercó al borde de la cima del cerro, cerro desde el que se divisaba gran parte del inmenso valle sureño. Una suave brisa corrió por sus mejillas, el joven señor, aún pertrechado con su coraza y cota de mallas, se quitó el yelmo y dejó que la brisa acariciara sus mejillas, que ahora se veían pobladas de una espesa barba color oscuro. Los días de marcha desde la lejana región sureña de Asabiam habían transformado el dulce rostro del joven señor en un cansado y tenso semblante, ayudado por el polvo del camino.

Miró intranquilo hacia el norte y entrecerró los ojos, intentando respirar los últimos soplos de una paz que él había venido a extinguir.

El Lobo Blanco se acercó a él, su oscura armadura negra y pulida como el ónice delataba su presencia, el blasón de los Harald, el dragón, lucía atemorizante en las hombreras de la oscura coraza. Se acercó unos pasos hacia su aliado y, por un segundo, se quedó en silencio al lado del de Asabiam, intentando percibir por lo que en sus pensamientos discurría. Se quitó el pesado yelmo de acero del mismo color que la coraza y respiró profundamente antes de comenzar:

—Saludos, mi señor Ingimundr, preciosa mañana para conquistar unas tierras.

Ingimundr lo miró con una mirada deferente, pero exenta de ánimo, cogió el pomo de su espada con una mano y le dedicó un gesto cortés con la cabeza:

—Hemos venido a impartir justicia, mi señor, las tierras siguen siendo del thal, la Casa de Abp es la regente.

—Por ahora, es bien sabido que los reyes y los señores son a los ojos de los dioses como marionetas, hoy poseen un poder ilimitado, pero en el futuro…

Ingimundr hizo un profundo silencio, mientras aún podía sentir la brisa en su rostro. La conversación no era de su agrado, así que intentó zanjarla lo más educadamente posible:

—Debe de ser difícil separarse de su reciente y bella esposa, pariente — continuó el Lobo Blanco.

—¡Lo es! Hemos de acabar con esto, deseo volver a mis tierras, entero, a ser posible.

Thrand rio jugosamente, mientras le golpeó virilmente el hombro a su pariente, luego se adelantó un paso y clavó la mirada en el señor de Asabiam:

—¿El lecho le reclama, mi señor?

Ingimundr dibujó una sonrisa molesta en los labios, miró duramente a su pariente y contestó con una áspera pregunta:

—¿Se dice por el sur que el Lobo Blanco prefiere la guerra que a su esposa? ¿Ha oído algo al respecto, mi señor? —Luego, guardó un irónico silencio, esperando la respuesta.

—Los dragones yacen, viven y mueren donde les place, mi señor Ingimundr. Los dragones no dan cuenta ni a ciervos ni a águilas, somos indómitos y salvajes.

Ingimundr lo miró sonriente y le devolvió el golpe de hermano en el hombro. El ruido hueco y firme de la coraza de Thrand trajo oscuros presagios en la mente del joven señor de Asabiam:

—La tienda está dispuesta, hemos de reunirnos para el plan de ataque, Minasben está a cinco jornadas de aquí, cinco duras jornadas en una región que no conocemos bien, hemos de preparar el ataque.

Ingimundr asintió con la cabeza, su rostro se torno árido como las negras tierras de As’wa, ya no había marcha atrás, la invasión era una realidad cada vez más cercana y era el motivo por el que su espíritu se encogía. Nunca había sido religión, ni de su agrado, las guerras de hermanos contra hermanos, y menos cuando los motivos eran al fin y al cabo un plan de traición, orquestado por el padre de su reciente esposa Gudrog de Erlings. Este era un buen momento para echar de menos la presencia en el campo de batalla de su consejero Gléomer. «¿Sabría Gléomer salir de esta situación? Solo los dioses poseían esa respuesta», pensaba.

 

La enorme tienda de campaña estaba presidida por una descomunal mesa que dibujaba casi a la perfección el territorio de la región de Kell, sus ríos, sus valles, las lomas y los discretos cerros, y las fortificaciones de las casas menores de Huar. Unas figuras de bronce estaban ordenadas en las diferentes cuadernas del mapa, junto a la ciudad que correspondía. Unas figuras de bronce de una cabeza de caballo hacían referencia a las tres ciudades libres, una por cada regente y ciudad, cada una teñida de un color. Se podía ver el oso de los Gweior, el halcón de los Cassatan y el perro de los Urugrist de la ciudad blanca, dragones negros y águilas azules ocupaban su situación actual en el mapa. Todo perfecto y bien dispuesto junto con ocho copas de vino de la región de sus ancestros, una para cada uno de los mariscales.

Ingimundr observó que, a un lado y a otro de la mesa, esperaban ya seis de sus más cualificados generales, pertrechados con su impoluto uniforme y refrescados, dispuestos para recibir las órdenes de sus jóvenes señores.

Thrand se situó en uno de los lados estrechos de la mesa junto a Ingimundr, miró a sus generales y comenzó:

—Mis señores, aquí nos encontramos, sé que nunca hemos luchado juntos, sé que no es del agrado nuestro batallar hermano contra hermano, pero la justicia del thal y su mandato debe prevalecer por encima de nuestros pensamientos. A estas tierras venimos para impartir justicia y arrancar de Luominem la semilla del mal que en Minasben mora…, ¡justicia del thal! —Gritó ansioso Thrand, mientras los generales aplaudían corteses—. Las intenciones son que nuestro ejército se dirija por el camino del oeste hacia la ciudad de Minasben. A una jornada de la llegada a la fortaleza de Kell, nuestros ejércitos se dividirán en dos facciones: por el centro, los dragones de Barhador comandados por mí; y al oeste, bordeando las laderas de las montañas, el ejército de Asabiam, espaderos y jinetes maniobrarán en pinza, ocupando uno de los flancos de la batalla, a la espera de recibir órdenes. Haremos que el ejército de Huar ataque frontalmente a nuestras más evidentes filas y, una vez fuera, los rodearemos. Hay que intentar alejarse de las murallas de Minasben, puesto que están fuertemente armadas con arqueros y escorpiones, no deseo muertes, deseo la cabeza de Huar para enviársela al thal.



La sombra de Daugris

 


 De camino a las tierras negras

 

Año mil treinta y dos de la segunda edad de los astros.

 

El camino hacia las tierras de Asabiam era largo, más de dos jornadas habían transcurrido desde que Sibni, dejara a su joven doncella Lindallë en las tierras del dominio. Cabalgaba junto a su extraño acompañante, el anciano que había conocido aún en las tierras de la casa de Abp. Sibni miraba a las crines de su caballo con aire melancólico, el recuerdo de las personas que le habían acompañado en la huída rondaba incesantemente en sus pensamientos. Nurtaro, el carnicero de los tenderetes de Baxrda, la bella Lindallë, todos habían desaparecido, todos habían salido de su vida de un plumazo, y tras las largas jornadas de prolongado camino hacia las tierras orientales, parecía que sus rostros comenzaban a difuminarse, como en una espesa neblina, en sus pensamientos.

— ¿Qué le acongoja, mi señora? —Preguntó Adalhard con una mirada compasiva clavada en la dulce Sibni.

La joven, lo miró con aire de añoranza, y dejó salir un suspiro de sus labios, como si de ellos brotara un viento de desesperación.

—Solo recuerdos, Adalhard, solo recuerdos.

—Es oportuno que deje los recuerdos atrás mi señora. —Los campos Dringos no son lugar en que sea conveniente que los sentidos estén alterados, oscuros poderes son los que allí habitan y oscuras intenciones son las de sus moradores.

— ¿Viajamos hacia el sur mi señor?

—Si alteza

—Pensé que nos dirigiríamos hacia el levante, hacia los pasos de Lâr en la región de Agmar.

—Otras sendas son las que nos esperan. Muchos caminos son los que llevan a las tierras ásperas, y pocos son los que los conocen en su totalidad. Antiguos pasos abiertos por los habitantes de la edad del oscuro, caminos que se ocultaron tras el “gran asedio”. Caminos que se abrirán ante los ojos del que quiera desde su más profundo anhelo, desde sus más insondables deseos.

—Adalhard, dijo Sibni con un hilo de voz

—Si alteza

—Temo a lo que nos espera al otro lado de las montañas negras, la sombra del oriente estremece mi espíritu.

—Nada ha de temer el que ha sentido la llamada, alteza —Una fuerza superior a la que le preocupa la observa, la protege, no tema por criaturas de baja estirpe.

—Pero es tierra de Uruks —dijo susurrante la joven.

—No tema a lo que oriente le depara —Por ahora debemos preocuparnos del camino que bajo nuestros pies se extiende.

Sibni, acarició a su montura suavemente en el cuello. Se colocó la capucha de basta lana gris sobre su cabeza y prosiguió un tramo del paso en un profundo y lúgubre silencio.

El sol comenzaba a esconderse por las suaves lomas del occidente, un color rojizo inundó los cielos de Asabiam. Las aves corrían al refugio de sus ramas con un susurro musical que anegaba el cruel silencio de la vereda sureña.

—Alteza a dos horas de camino, en la aldea de Hae, podremos encontrar una posada. Un colchón mullido y una cama donde descansar estos arruinados huesos, el camino hacia las tierras de Agmar, aún nos demorarán un trecho.

— ¿Cuánto mi buen Adalhard? Preguntó Sibni mientras se aferraba a su silla de montar, que tras diez eternas horas, parecía rasgar la piel de sus muslos.

—Si el clima nos es propicio, creo que llegaremos a mediados de la próxima luna nueva.

Sibni miró a su compañero de viaje y le regaló una cordial sonrisa, se revolvió inquieta sobre su silla y contestó a Adalhard.

—Creo mi señor que deberíamos ir a esa posada que afirmaba conocer, se rió jugosamente y aceleró el paso de su montura.

Hae, era una pequeña aldea situada al este del antiguo bosque de Holdwine, en la zona sur de la región de Asabiam. Hae, la distante, era el significado que tenía su nombre en la ancestral lengua de los primeros nacidos.

La aldea se vislumbraba a lo lejos. El humo de las chimeneas dibujaba una pequeña senda grisácea que se alzaba hacia la bóveda celeste y se difuminaba antes de llegar a las nubes. Las cabañas de techo de cáñamo viejo y paja se disponían en dos hileras a lo largo de una calle sin empedrar. Los dos guardias de la puerta se acercaron al centro de la senda y alumbraron a los visitantes que se acercaban al paso.

— ¿Quién va? —Preguntó uno de los hombres de Hae echándose una de las manos a la empuñadura de su espada—. Adalhard se acercó a los custodios de la puerta y con un aire cortés hizo un gesto de asentimiento con la cabeza, les extendió la mano y dejó caer sobre las de los guardias dos Amarths de plata.

—Somos comerciantes, nos dirigimos a los puertos blancos —Dijo con una empalagosa voz que sonaba como algún lenguaje del continente oriental.

— ¿Y ella? — ¿Es su mercancía? —Dijo el guardia con una voz ronca, como el rechinar de dos pedazos de madera.

—Perdón mis Señores —Ella es mi hija —Mi nombre es Illano Dynarys de las Islas del verano

 —Ella es mi hija Daenela, Daenela Dynarys.

 —Buscamos cobijo en la posada de Odo Brown

 —Allí pasaremos la noche y al alba partiremos hacia los puertos.

Los hombres de Hae, dejaron el paso libre a los dos extraños visitantes que cruzaron el umbral del arco de entrada de la puerta de la aldea. Los cascos de los caballos de Sibni y Adalhard rompían el silencio de la noche que amenazaba imponente tras los débiles muros de la pequeña aldea.

—Mi señor —Replicó uno de los guardias cuando las monturas estaban a escasos codos de ellos — ¿De qué isla me dijo mi señor que provenía?

—Adalhard, hizo virar suavemente el caballo y con una sonrisa en los labios le respondió —No se lo he dicho mi señor —Pero si es de su incumbencia…

—Provenimos de Anwar, la dorada, la isla central del archipiélago de Sati

—Allí nos encontrará en no pocas jornadas, si decide visitarnos.

El guardia miró cómplice a su compañero y frotando las monedas en la palma de su mano, volvieron a la destartalada garita de guardia de la puerta.

La calle de arena amarilla hedía a orines de los mulos de los granjeros y a hierba seca por el paso de las jornadas, el aire recorría el centro de la villa suave y templado, aliviando los recuerdos del sol que los azotaba durante la mayor parte del día. Pese a estar a varias leguas de los puertos, Sibni pudo percibir un tenue olor a salitre marino, solo unas pinceladas del intenso aroma del océano. Adalhard se detuvo a las puertas de una de las casas donde un pequeño candil iluminaba un cartel colgado de un desvaído anclaje metálico a la fachada de la cabaña, en él se podía leer “La posada de Odo” con la silueta de una esbelta sirena garabateada en uno de los lados del mismo. Adalhard miró el cartel y se dirigió hacia su Thalssy.

—Alteza —Esta es la posada.

Sibni miró el cartel y la descuidada puerta de madera de la entrada e hizo una mueca de espanto.

—Espero mi buen Adalhard que el interior no esté a la altura de lo que afueras nos muestra con tanto ahínco.

—Alteza —Es un plato de comida caliente y una cama donde aliviar los devenires del camino —La miró con aire comprensivo y en sus ojos se pudo ver una llama de cariño hacia su señora

—Adalhard le ayudó a descabalgar y ató los caballos a un apoyo de madera que estaba junto al abrevadero, en unas improvisadas cuadras que estaban vacías.

Los dos compañeros de viaje se dirigieron hacia la pesada puerta de madera y llamaron con una maciza anilla de hierro que simulaba la cabeza de un jabalí. Los golpes resonaron toscos en la oscuridad de la noche y un murmullo se pudo oír en el interior de la sala.

La puerta se abrió y apareció ante ellos una mujer joven, de no más de veinte años, menuda y poco agraciada, ataviada con un mandil de color crema que dejaba entrever unos abundantes pechos. La mujer se dirigió con una voz aguda a Adalhard preguntando por su visita, hizo una mueca de indiferencia y con un gesto rudo y seco con la cabeza les ordenó que pasasen al interior.

Unos pequeños escalones los separaban del exterior, la posada olía a manteca de cerdo y humo, pero las llamas de una chimenea parecían querer abrigarlos de los peligros de la noche. Se sentaron en una de las mesas de madera que estaban cerca del fuego, y sintieron que más de tres pares de ojos se clavaron en el bello rostro de Sibni en el momento que se deslizó la capucha que cubría su cabeza hacia los hombros.

— ¿Qué desean tomar? —Preguntó la moza de la posada

—Un plato de comida caliente, una jarra de vino y si le place una cama donde pasar la noche.

—La comida es cosa mía —Pero la cama es decisión de Odo —Les traeré algo de comer

—La ricura — ¿Comerá lo mismo que vos?

— ¿O ella no come?

Adalhard hizo un gesto de asentimiento mientras miraba la cara de la sirvienta y le contestó con un toque de ironía. La doncella se dirigió hacia una enorme mesa de madera donde un corpulento hombre de unos cincuenta años limpiaba con un trapo de algodón blanco unas jarras de arcilla. La joven cruzó unas palabras con el hombre señalando hacia su mesa, y en pocos segundos se presentó ante ellos.

—Que los dioses os bendigan —Dijo el orondo caballero con voz de secto

—Mi nombre es Odo

—Odo Brown — propietario de esta taberna

—Estella me ha dicho que quieren hospedarse esta noche.

—Lo deseamos —Mi hija y yo nos dirigimos a los puertos y la oscuridad nos sorprendió no muy lejos de aquí —Disculpe mi insolencia Señor Brown

—Es inconcebible no le he dicho mi nombre —Mi nombre es Illano Dynarys —Y ella es mi hija Daenela.

—Es una dicha que la joven sea su hija mi señor

 —Solo nos queda una estancia esta noche —Así pues sean bienvenidos a mi casa —El precio son de cuatro Amarths de plata.

Adalhard sacó unas monedas de la bolsa de cuero que colgaba de su cinturón y se las dio al recio posadero.

—Mi señor me ha dado seis Amarths —Dijo el Señor Brown.

—Los dos Amarths son para que nos sorprenda con un baño caliente cuando terminemos la cena —Dijo Adalhard mientras sonreía al posadero.

— ¡Bien los vale mi señor! Exclamo Odo mientras se dirigía a la mesa con las monedas en las manos.

La poco agraciada Estella se acercó enseñando unos dientes amarillentos que empobrecían la sonrisa con la que les quería deleitar. La doncella trajo una enorme jarra de vino blanco de la región, una fuente con jabalí en estofado con zanahorias, guisantes y una crema de tomates que le daba un toque apetitoso a la oscura carne de bestia, dátiles, nueces y manzanas verdes, pan caliente y un adobo hecho con aceite de oliva y especias. La doncella puso dos vasos de gruesa madera al centro de la mesa y pronunciando un “¡Salud!” entre susurros marchó hacia la cocina.

Los compañeros de viaje disfrutaron de la cena casi en silencio, era evidente que los pensamientos de Sibni estaban en la muerte de su padre y la pérdida de todos sus seres queridos.

Una figura les ocultó la luz de las velas de la lámpara que colgada del techo de vigas de madera, un hombre de mediana edad se clavó enfrente de la mesa de los visitantes y con un tono amigable les preguntó.

—Anciano — ¿Son mercaderes extranjeros? — ¿Me equivoco? —Preguntó el extraño.

Proyecto Primavera 0021

  La Primavera de Luominem   “Elemmírë Amalanya”, así se cantan en las canciones por el paso de las edades, las guerras de la oscuridad ...