lunes, 21 de febrero de 2022

Hanne y Gleomer "Del encuentro"


 

Del encuentro y de la partida

 

 

L

a luna iluminaba con renovado fulgor, las arenas blancas de las calas de la Bahía de los susurros. Casa Cassel, observaba las costas desde la altura y las arenas de la costa de las cenizas la enardecían, alta e imponente como una torre oscura.

El mar de Uisge, hablaba a todos aquellos que aún recordaban esa olvidada lengua, con el incesante susurro de las olas, rompiendo contra las rocas de la escollera que custodiaba el puerto.

Hanne montaba su frisón blanco llamado Aurora, una yegua poseedora del mismo ardiente carácter que su dueña, de un suave pelaje del color de la plata, con unas crines adornadas en perfectas trenzas, abrochadas entre sí, con el sol naciente dorado, blasón de la casa Caswell.

La refrescante brisa marina, salpicaba con diminutas gotas de sabor salado, el terso rostro de Hanne. La joven desmontó a Aurora y tomándola por las riendas, caminaron por la orilla hasta que la figura de un desconocido comenzó a dibujarse a lo lejos. Hanne enmudeció, hasta que los rayos lunares iluminaron el rostro del joven que se detuvo a pocos pasos de ella.

— ¿A qué se debe esta visita, hermano? Dijo Hanne con la suavidad de la seda.

—Pues, a decir verdad, hermanita, llevo toda la jornada deseando hablar con vos, si me lo permite, contestó Jevan.

— ¡Siempre! —Dijo Hanne acariciando la palabra en sus labios.

—Verás, Hanne. He notado que vos y el hijo de Sargen…

— ¿Si? —Contestó ahora en un tono más seco.

—He notado que Gléomer, se fija mucho en vos.

—Dicen que los hombres se han fijado en las mujeres desde el principio de los tiempos, vos mismo sois uno de ellos, debería entender este asuntillo, ¿No?

—Sí, pero me agradaría saber, si el interés, es mutuo. Dijo Jevan clavando sus ojos verdes en los de su melliza.

Hanne se irguió orgullosa y como si de una leona acorralada se tratase, clavó las garras del sarcasmo en el cuerpo de su hermano.

—Creo, hermano mío, que mis intereses solo me conciernen a mí, ¿No cree?, no veo la necesidad de dar explicaciones de lo que, a vos, no le debería importar en lo más mínimo.

—Hanne, sabes que padre quiere unir su casa a la de Gudrog de Erlings y si no recuerdo mal eso sí que os concierne y es de la incumbencia de tus señores.

—Padre lo único que desea es venderme como ganado, tanto da que sea ese apestoso bastardo de Erlings, como otro apestoso bastardo, que le dé un buen precio por lo que poseo entre mis piernas.

Jevan lanzó una bofetada, que Hanne no vio venir. La joven cubrió la parte de la mejilla que había sido golpeada y unas lágrimas de rabia incontenida, brotaron de sus ojos.

—Te prohíbo que hables así de padre, mujer, le debes respeto, ¿Para qué crees que ha criado a una simple hija? ¿Acaso podéis sujetar una espada entre las manos? ¿Podríais blandirla con ira contra un enemigo? ¡No sabéis nada!

—Si me dieran la oportunidad, ¡Sí!, ¡Por los seis que sí! Es bien seguro que esta mujer podría demostrar más valor, que esos pavos gordos que nuestro padre llama amigos…

 

Jevan levantó por segunda vez la mano. Hanne se encogió atemorizada, esperando el segundo golpe de su hermano, cuando una voz dura, le obligó a detenerse.

— ¡Jevan, detente! Dijo con tono gélido Gléomer.

— ¡Sargen, esto no va con vos! ¡Hay que domar a esta fiera! Dijo Jevan echando mano a la empuñadura de su espada.

—Si yo fuese vos, alejaría las manos de la empuñadura de su espada… Y del rostro de su hermana, Sir.

— ¿Vais a ser vos quien me obligue, Sargen?

—Os lo aconseja un amigo, un leal amigo que no desea arrancarla de su brazo, pero si no sigue mi consejo, por los dioses que acabaré con su vida.

—Entonces… ¡Bailemos, Gléomer!

El acero de la espada de Jevan, refulgió brillante a la luz de la luna. Gléomer, desenvainó a “Maldición” y la hizo bailar girándola sobre sus muñecas, haciendo silbar la hoja fría como el hielo.

— ¡Alto! Dijo ahora Hanne, interponiéndose entre los dos amigos con los brazos abiertos en cruz, protegiendo con su espalda a Gléomer.

—Gléomer, baje la espada, mi hermano hará lo mismo. ¿Qué locura es esta? ¿Han cruzado el mar para perder su amistad? ¿La perderían por mí? ¡Dioses, esto es de dementes!

— ¿Acaso importa, hermana?

— ¿Cree que es de mi agrado ver morir a mi hermano, a manos de su amigo? ¿Cree que es de mi agrado ver morir a Gléomer por las manos de mi hermano? ¿Saben cuál es el precio que se paga por esta insensatez?

Los dos jóvenes se miraron, las espadas apuntaron a la blanca arena y un silencio sepulcral, dotado de la sustancia que solo da el orgullo, inundó las arenas de la playa.

—Perdón Jevan, dijo Gléomer envainando la espada.

Jevan lo miró con ojos inquisitivos, el desprecio que había dibujado en ellos, los hacían centellear de ira. Jevan clavó los ojos en los de su hermana y envainando la espada le dijo.

—Recuerda hermana, recuerda a quien le debes el respeto, o muy pronto habrás de lamentarlo, lamentarás haber nacido en el seno de esta casa…

—Créeme, Jevan, ya lo lamento.

Jevan miró por última vez con los ojos embotados por la rabia a Gléomer y saltando sobre su garañón pinto, se alejó al galope.

Hanne lloró desconsolada, un grave sentimiento de rabia e impotencia la traspasó y cuando su ánimo estuvo menos tenso, se dio cuenta que estaba entre los fuertes brazos de Gléomer.

— ¿Qué ha sucedido? Preguntó Gléomer.

—Mi padre desea venderme como un animal, al primer gran señor que tenga el suficiente oro para pagar mi precio.

—Dioses… Contestó amargamente Gléomer.

—Los hombres luchan y mueren en el campo de batalla, pero nadie, absolutamente nadie, se da cuenta de lo que le sucede a una mujer. Se nos prohíbe luchar como hombres para honrar a la familia a la que pertenecemos, la misma que nos entrega como sonrientes esclavas, humilladas y vejadas, pariendo a los hijos de aquel a quien hemos sido vendidas como una bestia de carga.


Las guerras del sur

 


Las tropas de la alianza sureña llegaron a las tierras dominadas por la Casa Huar, en la región de Kell. A la quinta jornada de la tercera luna creciente, ocuparon el inmenso valle tras el bastión de las puertas de Harald.

Thrand de Harald, el Lobo Blanco, hijo de Avalor de Harald, señor de Barhador, estaba al mando de un ejército de cinco mil hombres, e Ingimundr de Halldor, heredero de Asabiam, comandaba una hueste de más de tres mil jinetes y mil espaderos.

Los señores de la alianza sureña se instalaron en un cerro cercano al vasto campamento militar. Unas enormes tiendas de campaña de color rojo carmesí coronaban la cima del cerro, y un sinfín de sirvientes, mozos y servidumbre corrían frenéticos, acondicionando el lugar para sus señores.

Ingimundr se acercó al borde de la cima del cerro, cerro desde el que se divisaba gran parte del inmenso valle sureño. Una suave brisa corrió por sus mejillas, el joven señor, aún pertrechado con su coraza y cota de mallas, se quitó el yelmo y dejó que la brisa acariciara sus mejillas, que ahora se veían pobladas de una espesa barba color oscuro. Los días de marcha desde la lejana región sureña de Asabiam habían transformado el dulce rostro del joven señor en un cansado y tenso semblante, ayudado por el polvo del camino.

Miró intranquilo hacia el norte y entrecerró los ojos, intentando respirar los últimos soplos de una paz que él había venido a extinguir.

El Lobo Blanco se acercó a él, su oscura armadura negra y pulida como el ónice delataba su presencia, el blasón de los Harald, el dragón, lucía atemorizante en las hombreras de la oscura coraza. Se acercó unos pasos hacia su aliado y, por un segundo, se quedó en silencio al lado del de Asabiam, intentando percibir por lo que en sus pensamientos discurría. Se quitó el pesado yelmo de acero del mismo color que la coraza y respiró profundamente antes de comenzar:

—Saludos, mi señor Ingimundr, preciosa mañana para conquistar unas tierras.

Ingimundr lo miró con una mirada deferente, pero exenta de ánimo, cogió el pomo de su espada con una mano y le dedicó un gesto cortés con la cabeza:

—Hemos venido a impartir justicia, mi señor, las tierras siguen siendo del thal, la Casa de Abp es la regente.

—Por ahora, es bien sabido que los reyes y los señores son a los ojos de los dioses como marionetas, hoy poseen un poder ilimitado, pero en el futuro…

Ingimundr hizo un profundo silencio, mientras aún podía sentir la brisa en su rostro. La conversación no era de su agrado, así que intentó zanjarla lo más educadamente posible:

—Debe de ser difícil separarse de su reciente y bella esposa, pariente — continuó el Lobo Blanco.

—¡Lo es! Hemos de acabar con esto, deseo volver a mis tierras, entero, a ser posible.

Thrand rio jugosamente, mientras le golpeó virilmente el hombro a su pariente, luego se adelantó un paso y clavó la mirada en el señor de Asabiam:

—¿El lecho le reclama, mi señor?

Ingimundr dibujó una sonrisa molesta en los labios, miró duramente a su pariente y contestó con una áspera pregunta:

—¿Se dice por el sur que el Lobo Blanco prefiere la guerra que a su esposa? ¿Ha oído algo al respecto, mi señor? —Luego, guardó un irónico silencio, esperando la respuesta.

—Los dragones yacen, viven y mueren donde les place, mi señor Ingimundr. Los dragones no dan cuenta ni a ciervos ni a águilas, somos indómitos y salvajes.

Ingimundr lo miró sonriente y le devolvió el golpe de hermano en el hombro. El ruido hueco y firme de la coraza de Thrand trajo oscuros presagios en la mente del joven señor de Asabiam:

—La tienda está dispuesta, hemos de reunirnos para el plan de ataque, Minasben está a cinco jornadas de aquí, cinco duras jornadas en una región que no conocemos bien, hemos de preparar el ataque.

Ingimundr asintió con la cabeza, su rostro se torno árido como las negras tierras de As’wa, ya no había marcha atrás, la invasión era una realidad cada vez más cercana y era el motivo por el que su espíritu se encogía. Nunca había sido religión, ni de su agrado, las guerras de hermanos contra hermanos, y menos cuando los motivos eran al fin y al cabo un plan de traición, orquestado por el padre de su reciente esposa Gudrog de Erlings. Este era un buen momento para echar de menos la presencia en el campo de batalla de su consejero Gléomer. «¿Sabría Gléomer salir de esta situación? Solo los dioses poseían esa respuesta», pensaba.

 

La enorme tienda de campaña estaba presidida por una descomunal mesa que dibujaba casi a la perfección el territorio de la región de Kell, sus ríos, sus valles, las lomas y los discretos cerros, y las fortificaciones de las casas menores de Huar. Unas figuras de bronce estaban ordenadas en las diferentes cuadernas del mapa, junto a la ciudad que correspondía. Unas figuras de bronce de una cabeza de caballo hacían referencia a las tres ciudades libres, una por cada regente y ciudad, cada una teñida de un color. Se podía ver el oso de los Gweior, el halcón de los Cassatan y el perro de los Urugrist de la ciudad blanca, dragones negros y águilas azules ocupaban su situación actual en el mapa. Todo perfecto y bien dispuesto junto con ocho copas de vino de la región de sus ancestros, una para cada uno de los mariscales.

Ingimundr observó que, a un lado y a otro de la mesa, esperaban ya seis de sus más cualificados generales, pertrechados con su impoluto uniforme y refrescados, dispuestos para recibir las órdenes de sus jóvenes señores.

Thrand se situó en uno de los lados estrechos de la mesa junto a Ingimundr, miró a sus generales y comenzó:

—Mis señores, aquí nos encontramos, sé que nunca hemos luchado juntos, sé que no es del agrado nuestro batallar hermano contra hermano, pero la justicia del thal y su mandato debe prevalecer por encima de nuestros pensamientos. A estas tierras venimos para impartir justicia y arrancar de Luominem la semilla del mal que en Minasben mora…, ¡justicia del thal! —Gritó ansioso Thrand, mientras los generales aplaudían corteses—. Las intenciones son que nuestro ejército se dirija por el camino del oeste hacia la ciudad de Minasben. A una jornada de la llegada a la fortaleza de Kell, nuestros ejércitos se dividirán en dos facciones: por el centro, los dragones de Barhador comandados por mí; y al oeste, bordeando las laderas de las montañas, el ejército de Asabiam, espaderos y jinetes maniobrarán en pinza, ocupando uno de los flancos de la batalla, a la espera de recibir órdenes. Haremos que el ejército de Huar ataque frontalmente a nuestras más evidentes filas y, una vez fuera, los rodearemos. Hay que intentar alejarse de las murallas de Minasben, puesto que están fuertemente armadas con arqueros y escorpiones, no deseo muertes, deseo la cabeza de Huar para enviársela al thal.



La sombra de Daugris

 


 De camino a las tierras negras

 

Año mil treinta y dos de la segunda edad de los astros.

 

El camino hacia las tierras de Asabiam era largo, más de dos jornadas habían transcurrido desde que Sibni, dejara a su joven doncella Lindallë en las tierras del dominio. Cabalgaba junto a su extraño acompañante, el anciano que había conocido aún en las tierras de la casa de Abp. Sibni miraba a las crines de su caballo con aire melancólico, el recuerdo de las personas que le habían acompañado en la huída rondaba incesantemente en sus pensamientos. Nurtaro, el carnicero de los tenderetes de Baxrda, la bella Lindallë, todos habían desaparecido, todos habían salido de su vida de un plumazo, y tras las largas jornadas de prolongado camino hacia las tierras orientales, parecía que sus rostros comenzaban a difuminarse, como en una espesa neblina, en sus pensamientos.

— ¿Qué le acongoja, mi señora? —Preguntó Adalhard con una mirada compasiva clavada en la dulce Sibni.

La joven, lo miró con aire de añoranza, y dejó salir un suspiro de sus labios, como si de ellos brotara un viento de desesperación.

—Solo recuerdos, Adalhard, solo recuerdos.

—Es oportuno que deje los recuerdos atrás mi señora. —Los campos Dringos no son lugar en que sea conveniente que los sentidos estén alterados, oscuros poderes son los que allí habitan y oscuras intenciones son las de sus moradores.

— ¿Viajamos hacia el sur mi señor?

—Si alteza

—Pensé que nos dirigiríamos hacia el levante, hacia los pasos de Lâr en la región de Agmar.

—Otras sendas son las que nos esperan. Muchos caminos son los que llevan a las tierras ásperas, y pocos son los que los conocen en su totalidad. Antiguos pasos abiertos por los habitantes de la edad del oscuro, caminos que se ocultaron tras el “gran asedio”. Caminos que se abrirán ante los ojos del que quiera desde su más profundo anhelo, desde sus más insondables deseos.

—Adalhard, dijo Sibni con un hilo de voz

—Si alteza

—Temo a lo que nos espera al otro lado de las montañas negras, la sombra del oriente estremece mi espíritu.

—Nada ha de temer el que ha sentido la llamada, alteza —Una fuerza superior a la que le preocupa la observa, la protege, no tema por criaturas de baja estirpe.

—Pero es tierra de Uruks —dijo susurrante la joven.

—No tema a lo que oriente le depara —Por ahora debemos preocuparnos del camino que bajo nuestros pies se extiende.

Sibni, acarició a su montura suavemente en el cuello. Se colocó la capucha de basta lana gris sobre su cabeza y prosiguió un tramo del paso en un profundo y lúgubre silencio.

El sol comenzaba a esconderse por las suaves lomas del occidente, un color rojizo inundó los cielos de Asabiam. Las aves corrían al refugio de sus ramas con un susurro musical que anegaba el cruel silencio de la vereda sureña.

—Alteza a dos horas de camino, en la aldea de Hae, podremos encontrar una posada. Un colchón mullido y una cama donde descansar estos arruinados huesos, el camino hacia las tierras de Agmar, aún nos demorarán un trecho.

— ¿Cuánto mi buen Adalhard? Preguntó Sibni mientras se aferraba a su silla de montar, que tras diez eternas horas, parecía rasgar la piel de sus muslos.

—Si el clima nos es propicio, creo que llegaremos a mediados de la próxima luna nueva.

Sibni miró a su compañero de viaje y le regaló una cordial sonrisa, se revolvió inquieta sobre su silla y contestó a Adalhard.

—Creo mi señor que deberíamos ir a esa posada que afirmaba conocer, se rió jugosamente y aceleró el paso de su montura.

Hae, era una pequeña aldea situada al este del antiguo bosque de Holdwine, en la zona sur de la región de Asabiam. Hae, la distante, era el significado que tenía su nombre en la ancestral lengua de los primeros nacidos.

La aldea se vislumbraba a lo lejos. El humo de las chimeneas dibujaba una pequeña senda grisácea que se alzaba hacia la bóveda celeste y se difuminaba antes de llegar a las nubes. Las cabañas de techo de cáñamo viejo y paja se disponían en dos hileras a lo largo de una calle sin empedrar. Los dos guardias de la puerta se acercaron al centro de la senda y alumbraron a los visitantes que se acercaban al paso.

— ¿Quién va? —Preguntó uno de los hombres de Hae echándose una de las manos a la empuñadura de su espada—. Adalhard se acercó a los custodios de la puerta y con un aire cortés hizo un gesto de asentimiento con la cabeza, les extendió la mano y dejó caer sobre las de los guardias dos Amarths de plata.

—Somos comerciantes, nos dirigimos a los puertos blancos —Dijo con una empalagosa voz que sonaba como algún lenguaje del continente oriental.

— ¿Y ella? — ¿Es su mercancía? —Dijo el guardia con una voz ronca, como el rechinar de dos pedazos de madera.

—Perdón mis Señores —Ella es mi hija —Mi nombre es Illano Dynarys de las Islas del verano

 —Ella es mi hija Daenela, Daenela Dynarys.

 —Buscamos cobijo en la posada de Odo Brown

 —Allí pasaremos la noche y al alba partiremos hacia los puertos.

Los hombres de Hae, dejaron el paso libre a los dos extraños visitantes que cruzaron el umbral del arco de entrada de la puerta de la aldea. Los cascos de los caballos de Sibni y Adalhard rompían el silencio de la noche que amenazaba imponente tras los débiles muros de la pequeña aldea.

—Mi señor —Replicó uno de los guardias cuando las monturas estaban a escasos codos de ellos — ¿De qué isla me dijo mi señor que provenía?

—Adalhard, hizo virar suavemente el caballo y con una sonrisa en los labios le respondió —No se lo he dicho mi señor —Pero si es de su incumbencia…

—Provenimos de Anwar, la dorada, la isla central del archipiélago de Sati

—Allí nos encontrará en no pocas jornadas, si decide visitarnos.

El guardia miró cómplice a su compañero y frotando las monedas en la palma de su mano, volvieron a la destartalada garita de guardia de la puerta.

La calle de arena amarilla hedía a orines de los mulos de los granjeros y a hierba seca por el paso de las jornadas, el aire recorría el centro de la villa suave y templado, aliviando los recuerdos del sol que los azotaba durante la mayor parte del día. Pese a estar a varias leguas de los puertos, Sibni pudo percibir un tenue olor a salitre marino, solo unas pinceladas del intenso aroma del océano. Adalhard se detuvo a las puertas de una de las casas donde un pequeño candil iluminaba un cartel colgado de un desvaído anclaje metálico a la fachada de la cabaña, en él se podía leer “La posada de Odo” con la silueta de una esbelta sirena garabateada en uno de los lados del mismo. Adalhard miró el cartel y se dirigió hacia su Thalssy.

—Alteza —Esta es la posada.

Sibni miró el cartel y la descuidada puerta de madera de la entrada e hizo una mueca de espanto.

—Espero mi buen Adalhard que el interior no esté a la altura de lo que afueras nos muestra con tanto ahínco.

—Alteza —Es un plato de comida caliente y una cama donde aliviar los devenires del camino —La miró con aire comprensivo y en sus ojos se pudo ver una llama de cariño hacia su señora

—Adalhard le ayudó a descabalgar y ató los caballos a un apoyo de madera que estaba junto al abrevadero, en unas improvisadas cuadras que estaban vacías.

Los dos compañeros de viaje se dirigieron hacia la pesada puerta de madera y llamaron con una maciza anilla de hierro que simulaba la cabeza de un jabalí. Los golpes resonaron toscos en la oscuridad de la noche y un murmullo se pudo oír en el interior de la sala.

La puerta se abrió y apareció ante ellos una mujer joven, de no más de veinte años, menuda y poco agraciada, ataviada con un mandil de color crema que dejaba entrever unos abundantes pechos. La mujer se dirigió con una voz aguda a Adalhard preguntando por su visita, hizo una mueca de indiferencia y con un gesto rudo y seco con la cabeza les ordenó que pasasen al interior.

Unos pequeños escalones los separaban del exterior, la posada olía a manteca de cerdo y humo, pero las llamas de una chimenea parecían querer abrigarlos de los peligros de la noche. Se sentaron en una de las mesas de madera que estaban cerca del fuego, y sintieron que más de tres pares de ojos se clavaron en el bello rostro de Sibni en el momento que se deslizó la capucha que cubría su cabeza hacia los hombros.

— ¿Qué desean tomar? —Preguntó la moza de la posada

—Un plato de comida caliente, una jarra de vino y si le place una cama donde pasar la noche.

—La comida es cosa mía —Pero la cama es decisión de Odo —Les traeré algo de comer

—La ricura — ¿Comerá lo mismo que vos?

— ¿O ella no come?

Adalhard hizo un gesto de asentimiento mientras miraba la cara de la sirvienta y le contestó con un toque de ironía. La doncella se dirigió hacia una enorme mesa de madera donde un corpulento hombre de unos cincuenta años limpiaba con un trapo de algodón blanco unas jarras de arcilla. La joven cruzó unas palabras con el hombre señalando hacia su mesa, y en pocos segundos se presentó ante ellos.

—Que los dioses os bendigan —Dijo el orondo caballero con voz de secto

—Mi nombre es Odo

—Odo Brown — propietario de esta taberna

—Estella me ha dicho que quieren hospedarse esta noche.

—Lo deseamos —Mi hija y yo nos dirigimos a los puertos y la oscuridad nos sorprendió no muy lejos de aquí —Disculpe mi insolencia Señor Brown

—Es inconcebible no le he dicho mi nombre —Mi nombre es Illano Dynarys —Y ella es mi hija Daenela.

—Es una dicha que la joven sea su hija mi señor

 —Solo nos queda una estancia esta noche —Así pues sean bienvenidos a mi casa —El precio son de cuatro Amarths de plata.

Adalhard sacó unas monedas de la bolsa de cuero que colgaba de su cinturón y se las dio al recio posadero.

—Mi señor me ha dado seis Amarths —Dijo el Señor Brown.

—Los dos Amarths son para que nos sorprenda con un baño caliente cuando terminemos la cena —Dijo Adalhard mientras sonreía al posadero.

— ¡Bien los vale mi señor! Exclamo Odo mientras se dirigía a la mesa con las monedas en las manos.

La poco agraciada Estella se acercó enseñando unos dientes amarillentos que empobrecían la sonrisa con la que les quería deleitar. La doncella trajo una enorme jarra de vino blanco de la región, una fuente con jabalí en estofado con zanahorias, guisantes y una crema de tomates que le daba un toque apetitoso a la oscura carne de bestia, dátiles, nueces y manzanas verdes, pan caliente y un adobo hecho con aceite de oliva y especias. La doncella puso dos vasos de gruesa madera al centro de la mesa y pronunciando un “¡Salud!” entre susurros marchó hacia la cocina.

Los compañeros de viaje disfrutaron de la cena casi en silencio, era evidente que los pensamientos de Sibni estaban en la muerte de su padre y la pérdida de todos sus seres queridos.

Una figura les ocultó la luz de las velas de la lámpara que colgada del techo de vigas de madera, un hombre de mediana edad se clavó enfrente de la mesa de los visitantes y con un tono amigable les preguntó.

—Anciano — ¿Son mercaderes extranjeros? — ¿Me equivoco? —Preguntó el extraño.

Proyecto Primavera 0021

  La Primavera de Luominem   “Elemmírë Amalanya”, así se cantan en las canciones por el paso de las edades, las guerras de la oscuridad ...