De
camino a las tierras negras
Año mil
treinta y dos de la segunda edad de los astros.
El camino hacia las tierras de Asabiam era
largo, más de dos jornadas habían transcurrido desde que Sibni, dejara a su joven
doncella Lindallë en las tierras del dominio. Cabalgaba junto a su extraño
acompañante, el anciano que había conocido aún en las tierras de la casa de
Abp. Sibni miraba a las crines de su caballo con aire melancólico, el recuerdo
de las personas que le habían acompañado en la huída rondaba incesantemente en
sus pensamientos. Nurtaro, el carnicero de los tenderetes de Baxrda, la bella
Lindallë, todos habían desaparecido, todos habían salido de su vida de un
plumazo, y tras las largas jornadas de prolongado camino hacia las tierras
orientales, parecía que sus rostros comenzaban a difuminarse, como en una
espesa neblina, en sus pensamientos.
— ¿Qué le acongoja, mi señora? —Preguntó
Adalhard con una mirada compasiva clavada en la dulce Sibni.
La joven, lo miró con aire de añoranza, y
dejó salir un suspiro de sus labios, como si de ellos brotara un viento de
desesperación.
—Solo recuerdos, Adalhard, solo recuerdos.
—Es oportuno que deje los recuerdos atrás mi
señora. —Los campos Dringos no son lugar en
que sea conveniente que los sentidos estén alterados, oscuros poderes son los
que allí habitan y oscuras intenciones son las de sus moradores.
— ¿Viajamos hacia el sur mi señor?
—Si alteza
—Pensé que nos dirigiríamos hacia el levante,
hacia los pasos de Lâr en la región de Agmar.
—Otras sendas son las que nos esperan. Muchos
caminos son los que llevan a las tierras ásperas, y pocos son los que los
conocen en su totalidad. Antiguos pasos abiertos por los habitantes de la edad
del oscuro, caminos que se ocultaron tras el “gran asedio”. Caminos que se abrirán ante los ojos del que quiera
desde su más profundo anhelo, desde sus más insondables deseos.
—Adalhard, dijo Sibni con un hilo de voz
—Si alteza
—Temo a lo que nos espera al otro lado de las
montañas negras, la sombra del oriente estremece mi espíritu.
—Nada ha de temer el que ha sentido la
llamada, alteza —Una fuerza superior a la que le preocupa la observa, la
protege, no tema por criaturas de baja estirpe.
—Pero es tierra de Uruks —dijo susurrante la
joven.
—No tema a lo que oriente le depara —Por
ahora debemos preocuparnos del camino que bajo nuestros pies se extiende.
Sibni, acarició a su montura suavemente en el
cuello. Se colocó la capucha de basta lana gris sobre su cabeza y prosiguió un
tramo del paso en un profundo y lúgubre silencio.
El sol comenzaba a esconderse por las suaves
lomas del occidente, un color rojizo inundó los cielos de Asabiam. Las aves
corrían al refugio de sus ramas con un susurro musical que anegaba el cruel
silencio de la vereda sureña.
—Alteza a dos horas de camino, en la aldea de
Hae, podremos encontrar una posada. Un colchón mullido y una cama donde
descansar estos arruinados huesos, el camino hacia las tierras de Agmar, aún
nos demorarán un trecho.
— ¿Cuánto mi buen Adalhard? Preguntó Sibni
mientras se aferraba a su silla de montar, que tras diez eternas horas, parecía
rasgar la piel de sus muslos.
—Si el clima nos es propicio, creo que
llegaremos a mediados de la próxima luna nueva.
Sibni miró a su compañero de viaje y le
regaló una cordial sonrisa, se revolvió inquieta sobre su silla y contestó a
Adalhard.
—Creo mi señor que deberíamos ir a esa posada
que afirmaba conocer, se rió jugosamente y aceleró el paso de su montura.
Hae, era una pequeña aldea situada al este
del antiguo bosque de Holdwine, en la zona sur de la región de Asabiam. Hae, la
distante, era el significado que tenía su nombre en la ancestral lengua de los
primeros nacidos.
La aldea se vislumbraba a lo lejos. El humo
de las chimeneas dibujaba una pequeña senda grisácea que se alzaba hacia la
bóveda celeste y se difuminaba antes de llegar a las nubes. Las cabañas de
techo de cáñamo viejo y paja se disponían en dos hileras a lo largo de una
calle sin empedrar. Los dos guardias de la puerta se acercaron al centro de la
senda y alumbraron a los visitantes que se acercaban al paso.
— ¿Quién va? —Preguntó uno de los hombres de
Hae echándose una de las manos a la empuñadura de su espada—. Adalhard se
acercó a los custodios de la puerta y con un aire cortés hizo un gesto de asentimiento
con la cabeza, les extendió la mano y dejó caer sobre las de los guardias dos
Amarths de plata.
—Somos comerciantes, nos dirigimos a los
puertos blancos —Dijo con una empalagosa voz que sonaba como algún lenguaje del
continente oriental.
— ¿Y ella? — ¿Es su mercancía? —Dijo el
guardia con una voz ronca, como el rechinar de dos pedazos de madera.
—Perdón mis Señores —Ella es mi hija —Mi
nombre es Illano Dynarys de las Islas del verano
—Ella
es mi hija Daenela, Daenela Dynarys.
—Buscamos cobijo en la posada de Odo Brown
—Allí
pasaremos la noche y al alba partiremos hacia los puertos.
Los hombres de Hae, dejaron el paso libre a
los dos extraños visitantes que cruzaron el umbral del arco de entrada de la
puerta de la aldea. Los cascos de los caballos de Sibni y Adalhard rompían el
silencio de la noche que amenazaba imponente tras los débiles muros de la
pequeña aldea.
—Mi señor —Replicó uno de los guardias cuando
las monturas estaban a escasos codos de ellos — ¿De qué isla me dijo mi señor
que provenía?
—Adalhard, hizo virar suavemente el caballo y
con una sonrisa en los labios le respondió —No se lo he dicho mi señor —Pero si
es de su incumbencia…
—Provenimos de Anwar, la dorada, la isla
central del archipiélago de Sati
—Allí nos encontrará en no pocas jornadas, si
decide visitarnos.
El guardia miró cómplice a su compañero y
frotando las monedas en la palma de su mano, volvieron a la destartalada garita
de guardia de la puerta.
La calle de arena amarilla hedía a orines de
los mulos de los granjeros y a hierba seca por el paso de las jornadas, el aire
recorría el centro de la villa suave y templado, aliviando los recuerdos del
sol que los azotaba durante la mayor parte del día. Pese a estar a varias
leguas de los puertos, Sibni pudo percibir un tenue olor a salitre marino, solo
unas pinceladas del intenso aroma del océano. Adalhard se detuvo a las puertas
de una de las casas donde un pequeño candil iluminaba un cartel colgado de un
desvaído anclaje metálico a la fachada de la cabaña, en
él se podía leer “La posada de
Odo” con la silueta de una esbelta sirena garabateada en uno de los lados
del mismo. Adalhard miró el cartel y se dirigió hacia su Thalssy.
—Alteza —Esta es la posada.
Sibni miró el cartel y la descuidada puerta
de madera de la entrada e hizo una mueca de espanto.
—Espero mi buen Adalhard que el interior no
esté a la altura de lo que afueras nos muestra con tanto ahínco.
—Alteza —Es un plato de comida caliente y una
cama donde aliviar los devenires del camino —La miró con aire comprensivo y en
sus ojos se pudo ver una llama de cariño hacia su señora
—Adalhard le ayudó a descabalgar y ató los
caballos a un apoyo de madera que estaba junto al abrevadero, en unas
improvisadas cuadras que estaban vacías.
Los dos compañeros de viaje se dirigieron hacia la
pesada puerta de madera y llamaron con una maciza
anilla de hierro que simulaba la cabeza de un jabalí. Los golpes resonaron
toscos en la oscuridad de la noche y un murmullo se pudo oír en el interior de
la sala.
La puerta se abrió y apareció ante ellos una
mujer joven, de no más de veinte años, menuda y poco agraciada, ataviada con un
mandil de color crema que dejaba entrever unos abundantes pechos. La mujer se
dirigió con una voz aguda a Adalhard preguntando por su visita, hizo una mueca
de indiferencia y con un gesto rudo y seco con la cabeza les ordenó que pasasen
al interior.
Unos pequeños escalones los separaban del
exterior, la posada olía a manteca de cerdo y humo, pero las llamas de una
chimenea parecían querer abrigarlos de los peligros de la noche. Se sentaron en
una de las mesas de madera que estaban cerca del fuego, y sintieron que más de
tres pares de ojos se clavaron en el bello rostro de Sibni en el momento que se
deslizó la capucha que cubría su cabeza hacia los hombros.
— ¿Qué desean tomar? —Preguntó la moza de la
posada
—Un plato de comida caliente, una jarra de
vino y si le place una cama donde pasar la
noche.
—La comida es cosa mía —Pero la cama es
decisión de Odo —Les traeré algo de comer
—La ricura — ¿Comerá lo mismo que vos?
— ¿O ella no come?
Adalhard hizo un gesto de asentimiento
mientras miraba la cara de la sirvienta y le contestó con un toque de ironía.
La doncella se dirigió hacia una enorme mesa de madera donde un corpulento
hombre de unos cincuenta años limpiaba con un trapo de algodón blanco unas
jarras de arcilla. La joven cruzó unas palabras con el hombre señalando hacia
su mesa, y en pocos segundos se presentó ante ellos.
—Que los dioses os bendigan —Dijo el orondo
caballero con voz de secto
—Mi nombre es Odo
—Odo Brown — propietario de esta taberna
—Estella me ha dicho que quieren hospedarse
esta noche.
—Lo deseamos —Mi hija y yo nos dirigimos a
los puertos y la oscuridad nos sorprendió no muy lejos de aquí —Disculpe mi
insolencia Señor Brown
—Es inconcebible no le he dicho mi nombre —Mi
nombre es Illano Dynarys —Y ella es mi hija Daenela.
—Es una dicha que la joven sea su hija mi
señor
—Solo
nos queda una estancia esta noche —Así pues sean bienvenidos a mi casa —El
precio son de cuatro Amarths de plata.
Adalhard sacó unas monedas de la bolsa de
cuero que colgaba de su cinturón y se las dio al recio posadero.
—Mi señor me ha dado seis Amarths —Dijo el
Señor Brown.
—Los dos Amarths son para que nos sorprenda
con un baño caliente cuando terminemos la cena —Dijo Adalhard mientras sonreía
al posadero.
— ¡Bien los vale mi señor! Exclamo Odo
mientras se dirigía a la mesa con las monedas en las manos.
La poco agraciada Estella se acercó enseñando
unos dientes amarillentos que empobrecían la sonrisa con la que les quería
deleitar. La doncella trajo una enorme jarra de vino blanco de la región, una
fuente con jabalí en estofado con zanahorias, guisantes y una crema de tomates
que le daba un toque apetitoso a la oscura carne de bestia, dátiles, nueces y
manzanas verdes, pan caliente y un adobo hecho con aceite de oliva y especias.
La doncella puso dos vasos de gruesa madera al centro de la mesa y pronunciando
un “¡Salud!” entre susurros marchó hacia la cocina.
Los compañeros de viaje disfrutaron de la
cena casi en silencio, era evidente que los pensamientos de Sibni estaban en la
muerte de su padre y la pérdida de todos sus seres queridos.
Una figura les ocultó la luz de las velas de
la lámpara que colgada del techo de vigas de madera, un hombre de mediana edad
se clavó enfrente de la mesa de los visitantes y con un tono amigable les
preguntó.
—Anciano — ¿Son mercaderes extranjeros? — ¿Me
equivoco? —Preguntó el extraño.
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