domingo, 12 de diciembre de 2021

Una pequeña píldora de las guerras del sur

 Las Guerras del sur

Saga Mythos, libro primero.


Un resonar de cuerno anunció la llegada del señor de Segnania a la capital de la región. Los heraldos de los grandes muros hicieron sonar sus trompetas con un resonar metálico que se alcanzó a oír en toda la ciudad. Etsimo entró al paso acompañado de su ya prometido hijo con los pensamientos puestos en su futuro matrimonio, cruzaron la puerta de entrada a la ciudadela ante la atenta mirada de los segnanos, acompañados por su guardia que los seguían en formación. Las gentes le regalaban cariñosas reverencias y desde algún balcón de las hermosas calles de Segnania les lanzaban unas delicadas y minúsculas flores malva. El aroma de las hermosas calles de Segnania era inconfundible, mezcla de canela, cardamomo y el delicioso olor de los jazmines blancos que crecían por doquier en la región. Las fuentes, no tan caudalosas como antaño, refrescaban a los habitantes y daban una sensación de paz indescriptible a sus plazas y calles. Etsimo amaba Segnania, amaba a sus gentes y añoraba cada segundo que por desgracia se debía ausentar de la hermosa ciudad. El resonar de los cascos de los caballos de los jinetes desviaban la atención de los viandantes, ya fueren segnanos o extranjeros venidos de lejanas tierras atraídos por el mercadeo. La regia compañía de los señores segnanos cruzó lentamente la empedrada calle que atravesaba la ciudad hasta las puertas de la entrada a la ciudadela. Unas trompetas sonaron altivamente, mientras los señores se detuvieron frente a las regias puertas de la entrada al recinto del palacio. Las puertas de madera tratada y acero se abrieron pesadamente emitiendo unos agudos sonidos y crujidos que a Etsimo le resultaban en exceso agradables:

—Hijo, ya estamos en casa —dijo Etsimo mirándolo con cariño.

Amanmo miró con aprobación a su padre, amaba Segnania con todas sus fuerzas, amor que le obligó a doblar la rodilla ante la Casa de Abp y amor que le obligó a olvidar la muerte de su hermano a manos de los ejércitos del thal en la batalla Hûl Methemben, una de las batallas olvidadas por orden del thal, pero que para su espíritu estaban aún muy presentes. Amaba a su país, pero el amor que sentía por su esposa era eterno como la existencia de los primeros nacidos, adoraba a la siempre bella Amariel. Ella, tras la Bregol Elvedui, había curado sus heridas de cuerpo y espíritu, el amor que sentía por su regio marido relucía más que todo el oro y gemas que pudieran darle sus minas. Etsimo avanzó pausadamente sobre su caballo ante las escalinatas de la entrada de palacio; dos de los mozos del servicio fueron en su ayuda para aliviarle en las tareas de descabalgar y retirar su caballo a las caballerizas; dos doncellas se acercaron cortésmente a sus señores con un cuenco de fresca agua perfumada con jazmín, las ofrecieron con una jugosa sonrisa en los labios. Etsimo metió tímidamente las palmas de las manos en el dorado cuenco pretendiendo limpiar el barro del camino de sus manos. Súbitamente apareció la bella Amariel con un aura de luz en su rostro por el regreso de su señor, corrió frenéticamente hacia él y le regaló un fuerte abrazo. Amariel se abalanzó sobre los brazos de Etsimo haciendo trastabillar el cuenco que en las manos de la joven sirvienta soportase, el cuenco rodó sonoramente por los suelos de la entrada a palacio derramando el perfumado líquido confortador. Etsimo la tomó feliz entre sus fuertes brazos y la besó con pasión, acarició su larga melena y respiró parte de su aliento como si quisiera alimentarse del espíritu de la primera nacida.

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