Este capítulo se lo
dedico especialmente a Elisabeth .
Un ser de luz que
ha estado apoyándome en todo momento desde el
Momento que la
conocí. Amiga este capítulo, el personaje y mi corazón
Es suyo.
De las
tierras gélidas de Annuiben.
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as
fértiles tierras del reino de Annuiben siempre fue el hogar de los altos
chindar del norte. Los primeros en habitar las tierras del Dôr Annun,
posteriormente conocida y nombrada por los anatai como Annuiben, fueron los
altos chindar de la estirpe de los Anduirver.
Dôr
Annun poseía la magia intemporal en cada rincón de sus antiguas tierras, por
ella la mácula del tiempo parecía no hacer mella y sus tierras poseían la
belleza y el esplendor de la primera edad, cuando el mundo era joven y vigoroso,
una intensa luz la poblaba avivando el color de los intemporales arboles que
poblaban sus bosques.
Tras
la Bregol Elvedui y posterior asedio del señor oscuro en las tierras brunas,
los altos Anduiruer se trasladaron desde las tierras de Dôr-Jaalan a través del
paso del occidente hacia las tierras norteñas.
Annuiben,
las tierras gélidas, como denominaban los anatai de los cercanos reinos Annâtari
de Beresia y Bergesia, ambos leales súbditos y hogar de las grandes casas
anatai que les rendían vasallaje a los señores chindar del norte.
Keoram,
la ciudad blanca, hogar de los señores chindar de Annuiben, se situaba al
sureste de las Eollen, las montañas
de la niebla y el rio Fénor. El Mielsor, el más caudaloso, atravesaba
con sus tumultuosas y frías aguas las tierras del bosque de Alur. El Fénor dormía sus aguas
descendiendo por una catarata formando el lago Seömul, adentrándose tras las
murallas del Assiala, hogar de la
dama Yalinde y Callion, señores de las blancas tierras del reino.
Yalinde,
la invocadora, llamada en alto chindar como “Lanthiril”, la dama de la catarata, como es conocida tanto por los
primeros como por los segundos hijos del padre en el reino de Annuiben. “Luthadis”, la dama del don, como se la
conoce en los vecinos reinos anatai de Bergesia y Beresia.
La
dama Yalinde era poseedora de una belleza digna de la estirpe de los primeros
nacidos. Dueña de unos penetrantes ojos del color de las estrellas, salpicados
por tenues matices de celeste y dorado, grandes como un eterno océano de paz.
De largos cabellos del color de la madera de cerezo, que se vertían casi hasta
su fina cintura como delicadas cataratas.
Yalinde
era la segunda hija del rey Ungowë de Anore, de la familia de los altos chindar
de los Baralin, “Los fieros” como se les conocía en la lengua común del oeste.
Su padre la entregó en matrimonio a un hijo de Mâlben, un gran señor de la
estirpe de los Anduiruer, un alto chindar que aún era capaz de recordar la era
del despertar.
Callion
la desposó en el secto de la antigua ciudad de Aeriar en las tierras de
Evôreth, región norteña de Jaaluna, que posteriormente seria nombrada por los
anatai como Segnania. Yalinde y Callion tomaron los votos matrimoniales junto a
Amariel, hermana de Yalinde y Etsimo de la Casa de Darg, segundo en la línea de
sucesión al gobierno de las tierras, que por nombramiento, le fueron ofrendadas
a Idnayn de Darg.
Yalinde
era considerada como una de las damas chindar más poderosas y sabias del
continente occidental, poseedora de “El Don”
como llamaban los primeros nacidos a la habilidad de la visión. Don que al
parecer la hacía ser venerada y temida a partes iguales por sus súbditos y
anatai leales a la casa de Barhuer.
Yalinde
se encontraba sentada en una de las orillas del lago Seömul. El sonido del agua
de la catarata envolvía sus sentidos y la olvidada lengua del agua, susurraba
dulces palabras en los oídos de la blanca dama.
La
señora del Assiala, se acuclilló apoyando sus rodillas en una de las orillas
del lago. Su bello rostro quedó reflejado en la superficie del Seömul como una
radiante imagen atrapada en un inmenso espejo de plata, Yalinde acarició la
superficie del lago y unas tímidas ondas difuminaron la imagen de su rostro.
Unos vapores argentos y dorados comenzaron a inundar la orilla del Seömul y las
finas gotas de Aethema reflejaron los rayos del sol inundando la orilla
occidental del lago con los seis colores. Seis colores, cada uno de ellos
dedicado a los seis poderes del único.
Yalinde
sintió un profundo estremecimiento, una pesada losa se poso en su pecho y la
sensación de asfixia atenazó los sentidos de la dama, una oscuridad cargada de
sustancia invadió su espíritu, la tristeza y la pena arrancaba ahogados gritos
de dolor en su interior y la bóveda celeste comenzó a tomar el color del ocaso
ante sus bellos ojos. Sintió la presencia de su padre, su rostro cubierto por
una fulgurante luz similar a los rayos de sol, le sonreía mientras tomaba las
riendas de su caballo y lo montaba con renovadas fuerzas. Yalinde pudo
distinguir de entre sus labios un nombre; Nombre que la hizo estremecer de
amargura, el nombre, era el de su hermana Amariel.
Tras
nombrar a su primogénita, hizo un gesto de asentimiento con la cabeza dulce,
cortes, con una cordialidad que Yalinde comprendió al instante que era una
despedida, una despedida cargada de un amor infinito que parecía revolverse
entre tumultuosas aguas bañadas por la intensa luz blanquecina, sonrió
acariciando las blancas crines de su montura y emprendió
“El largo viaje”
a través de ella, que tras de sí parecía estar esperándole para envolverlo en
su calidez sumergiéndolo hasta diluirse, en la paz de las tierras
imperecederas.
La
dama de Annuiben fijó la mirada en la superficie de las aguas que instantes
atrás reflejaran su rostro, la contempló unos breves instantes y las tranquilas
aguas del Seömul le susurraron secretos de tiempos pasados, presentes y de los
que han de acontecer. El agua se tiñó del color del fuego, desplegando ante los
ojos de la invocadora unas destructoras llamas que tocaban con sus ardientes
dedos el rostro de la señora. Los ojos de Yalinde se abrieron mostrando el gris
de los mismos a la superficie del agua. Vio entre las llamas como una miríada
de soldados vestidos de escarlata hacían restallar furiosos sus látigos a una
larga hilera de presos, que juntaban sus manos obligados por los apretados
grilletes que los unían a una gruesa cadena, sintió el desgarrador vacio que el
dolor de la guerra y la esclavitud condenaba sus almas a un pozo eterno de oscuridad.
Vio como un soldado arrancaba a un hijo de su madre, sujetándolo por los
minúsculos pies del recién nacido, estampaba su cabeza contra la esquina de una
choza de piedra que ardía en llamas, mientras el grito de dolor de la madre
hacia que las miradas de otros dos soldados se fijaran en ella y comenzaran a
arrancarle la ropa mientras otro apoyaba la fina punta de la hoja de su
cuchillo de caza en el cuello de ella. Vio el blasón del ciervo coronado arder,
las llamas intentaban consumir sin éxito el dorado blasón que refulgía como
hechizado por un poderoso encantamiento. Sus ojos se fijaron en unos oscuros
jinetes que montaban unos enormes corceles de guerra oscuros como los
pensamientos de los que los montaban, lanzaban antorchas a los tejados de los
hogares de los muertos o prisioneros, reduciéndolos a cenizas, pudo sentir el
dolor, pudo sentir el horror, pudo sentir como las almas se quebraban en
pedazos entre gritos de dolor y maldiciones ahogadas a golpe de látigo.
El
Seömul se oscureció y de sus tranquilas aguas surgieron las figuras amortajadas
de Idnayn, Etsimo y Amanmo de Darg, su pálido color de muerte hizo retroceder
unos centímetros el rostro de la blanca dama de la superficie del lago. Los
pálidos ojos de los segnanos se abrieron de súbito y el que antaño fuese el
amado esposo de su hermana Amariel emergió del agua cobrando forma como
alentado por la oscuridad de las aguas. La carne hecha girones mostraba los
signo de la podredumbre, sus huesudos dedos agarraron en un gesto torpe la
empuñadura de su espada, acariciándola como era costumbre del señor segnano, se
detuvo ante la bella Yalinde y una palabras salieron de sus inmóviles labios
entre oscos susurros ahogados, la voz estremeció a la dama y sus ojos se
clavaron en la ausente mirada de Etsimo mientras escuchaba su mensaje.
—“Suil annuî, erio thûl lin faen hen”— Los
vientos de occidente inundarán su pecho con su espíritu.
—“Berio
nîn Athanaan” —Athanaan nos protegerá, contestó con voz suave Yalinde.
Etsimo
cerró los ojos con gesto cansado, un suspiro se escucho de entre sus labios y
le respondió.
—Yalinde,
tus parientes empalidecen en las tierras que se nos ofrendaron, la oscuridad puebla por las antiguas tierras de Dôr-Jaalan —Etsimo miró con el hueco de sus ojos a
sus débiles manos y continuó —Poco auxilio pueden dar las que antaño fueren
manos fuertes y poderosas, nada pueden aportar a tal fin y el ocaso de tu
estirpe ahora se ve más próximo en las tierras del sur —Ahora, la que fue la
razón de mi dicha corre peligro mientras ve caer a sus hijos, un pozo de aguas
profundas y ponzoñosas la rodean, la que amé hasta mi último aliento necesita
de la sangre Baralin —Amariel necesita de todo el poder de Annuiben — ¿Acudirá
la dama de la catarata en auxilio de su sangre?
Yalinde cerró los ojos, dos lágrimas cruzaron sus mejillas y cayeron en la superficie del agua. Etsimo se sumergió con rostro triste bajo las aguas del lago y la oscuridad que lo envolvía se transformo un una tenue luz de color índigo que parecía cobrar vida ante sus ojos. La silueta de una niña se dibujo en el centro de la luz que se tornaba púrpura con matices azules por momentos, la niña caminó hacia la dama blanca y pronto pudo reconocer la figura de Sibni. El rostro de Yalinde se iluminó y una agradable sensación de calidez invadió sus sentidos.— ¿Sibni? —Pequeña ¿Eres tú?
La
figura sonrió en silencio, hizo un gesto dulce, casi infantil con su mano
derecha y se volvió hacia la luz purpura que tomaba la forma de un enorme Uargo.
La enorme bestia cánida, se adelantó sin rozar a la silueta de la niña, Etsimo
la miró con el semblante cargado de pena y habló.
—Oscuros poderes son los que envuelven el espíritu de la que por amor vino al mundo de mi semilla, el fruto del vientre de Amariel se diluye —El odio y la venganza cubren con un pesado velo los ojos de mi hija.
—
¿Sibni vive? Preguntó Yalinde.
—Tendrás
que encontrar la respuesta en las palabras del que presenció el nacimiento de
Luominem, dama de Annuiben.
—
¿Moran Istiens en este mundo? ¿Es posible?
Etsimo asintió con la cabeza y señaló hacia uno de sus costados. La imagen de un amable anciano ataviado con una túnica del color de la noche con finos brocados de oro apareció con una sonrisa eterna en sus labios.
— ¿Cómo puedo encontrar a ese inmortal?
—
El os encontrará a vos, estoy seguro…
Yalinde
sintió una fuerza que la llamaba desde el exterior de su visión, sacándola de
súbito de la misma, como quien saca un ligero cuerpo hacia el exterior de un
mar de tinieblas. La dama fijó la mirada en sus manos que ahora temblaban
descontroladas presa del dolor, la imagen del oscuro Uargo se repetía
incesantemente en sus pensamientos, un leve suspiro salió de sus labios que
poco a poco sentía como la opresión que la asfixiaba desaparecía.
—“Be
iest lîn” —Cumpliré tu deseo, añorado Etsimo.
Yalinde
se incorporó y dirigió sus ojos hacia el camino que conducía a la fortaleza de
Assiala. Callion apareció de entre las dos efigies de piedra tallada que
representaban la figura de dos damas de la estirpe de los primeros nacidos,
miró a su esposa que aún poseía el rostro demudado y acercándose a ella con aire
conciliador le dijo.
—Mi
señora, luz de la estrella del norte — ¿Qué pensamientos oscurecen su espíritu?
La tomó de sus manos y le regaló un dulce beso a cada una de las palmas.
—La
oscuridad se acerca mi amado esposo, una sombra cubre las tierras de mis
parientes, en el sur de esta tierra. Una cruel sombra de muerte, guerra y
desesperación —He visto el horror en cada uno de los rostros.
—Nada
ha de temer mi señora, vuestro padre y sus parientes son fuertes, ya
demostraron su valía en las guerras de la oscuridad, Neonach no tiene poder
suficiente, el largo asedio lo ha debilitado y el poder de “La Llama” parece haberse desvanecido —El asedio lo mantiene en las
negras tierras de Gimlond.
—No
es el poder oscuro el que atemoriza a mi espíritu.
—
¿Ha visto mi señora algo en el agua del Seömul? Preguntó intrigado por las
respuestas de su esposa.
—Muerte…
He visto la muerte.
—
¿Quién es el que ha partido a las estancias de los poderes?
—He
visto partir a mi padre a lomos de su caballo a las tierras de los diadhaid, he
visto la crueldad anatai y he recibido un oscuro mensaje…
—
¿Un mensaje? ¿Quién lo enviaba?
—Etsimo
en persona, así se me ha aparecido, su espíritu no mora junto al único, no hay
paz en él y las puertas de la morada de los poderes no se han abierto para el
segnano —Él me habló —Pidió mi ayuda, mi hermana Amariel necesita del poder del
norte.
Callion
la miró en silencio, una suave brisa acarició el pelo del señor de las tierras
de Annuiben que ahora parecían poseer el vigor de la plata y los ojos del color
del jade se clavaron en los de su esposa.
—Marido,
mi sangre está en peligro, Amariel pronto caerá por la codicia de los hijos
menores y la sangre de mi casa morirá con ella.
—Largo
tiempo ha transcurrido desde que los hermanos mayores dejamos de interferir en
los asuntos de los menores, ¿Recuerda?
—Lo
recuerdo y lo entiendo, los mayores no han de perdonar la traición anatai, pero
es la sangre de mi linaje la que ahora se ve manchada por la oscuridad de la
corrupción anatai. Ahora es un problema que nos concierne a primeros y segundos
nacidos — ¿No cree? —Callion, mi hermana languidece, su primogénito a caído por
el acero anatai y Sibni… —Sibni aún vive —Etsimo me lo pidió y yo juré
ayudarlo.
—Entonces mi reina, Annuiben acudirá a cumplir su juramento.

Muchísimas Gracias!!!😍
ResponderEliminarSiempre a ti dama de las tierras de Dôr Annun
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