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Austin siempre había sido del parecer que las rameras, los mercaderes y los
pobres que mendigaban un plato de las sobras de los tenderetes de calderos de
las ciudades, eran mejores informadores que todos los agentes que clavaban ojos
y oídos en los caminos reales, pagados por el oro de ningún gran señor.
La
enorme casa del mercader de joyas se situaba a la ribera oriental del camino
que conducía a los atestados puertos del Aguas
negras.
Gaiel,
la esposa del mercader, una anatai de tez pálida, una norteña, sin duda
provista de la austera belleza de las damas del norte, de belleza agreste y
poseedora de unos abundantes pechos, que según decían las malas lenguas de las
posadas y tenderetes, había embrujado al obeso comerciante de joyas con el
poder de la magia que conservaba entre sus piernas, era la dama de la casa en
las largas ausencias de su esposo. De verbo dulce y “Todo halago” recibió en su
casa al nuevo hombre del rey, con la mesa colmada de los más inesperados
manjares y con las piernas dispuestas a abrirse en cuanto Sir Austin lo
requiriese. La fama de Sir Austin lo precedía como el trueno precede a la
tormenta y en su caso, la tormenta, por lo general acababa en el lecho o con el
frio acero atravesando tus entrañas.
Tras
una breve comida, al estilo norteño, regada con el áspero vino de las tierras
de Los parajes y de los muchos frutos
de las tierras y los bosques de las antiguas tierras de Evôreth, así como de
las dos riberas del Aguas negras,
pudiesen ofrecer al noble invitado. Gaiel, la dama de la casa, se acercó lentamente
a su huésped dejando al descubierto, en su mayor parte, las muchas virtudes que
habían hechizado al rico mercader.
Los
ojos de Sir Austin se clavaron en la inmensidad de leche tibia que prometían
los pechos de Gaiel y descubrió unos enormes pezones rosados, que se endurecían
al contacto del roce de la suave gasa de seda de la que estaba confeccionada la
túnica de la dama.
—
¿A qué se debe la visita del nuevo hombre del rey? ¿Qué puede ofrecer la simple
esposa de un mercader, al segundo hombre más importante de la región?
Gaiel
que apoyaba su trasero en la mesa, entreabrió ligeramente las piernas para que
Sir Austin, descubriese su más preciado tesoro.
—Se
dice que la generosidad de la dama Gaiel es legendaria, así como su belleza,
respondió clavando sus penetrantes ojos grises en los de ella.
—Gaiel
se acercó a su noble huésped, con una de sus hábiles manos, desabrochó
lentamente uno de los broches que sujetaban la túnica de seda a su cuerpo,
deslizándola por sus pechos, hasta que liviana como una pluma, cayó a los pies
de Sir Austin.
—
¿Es suficiente, como para hacerla suya, Sir Austin? Dijo Gaiel mordiéndose
ligeramente el labio inferior.
Las
manos de Sir Austin bajaron hasta su cintura y desabrochando el grueso cinturón
de cuero que ceñía la espada a su cintura, desabrochó las gruesas calzas de
cuero blando, mostrando su miembro a la dama.
Gaiel
le dedicó una mirada pícara, sus ojos se clavaron en el recién descubierto
miembro y se sonrojó ligeramente. Gaiel, le dedicó la sonrisa más seductora que
Sir Austin recordase en años, mientras se arrodillaba lentamente dándole placer
con sus labios.
El
suave pelo del color de la miel recién cortada, se deslizaba a los lados a cada
movimiento de los labios de la dama, que suavemente acariciaba el miembro de Sir
Austin aprisionándolos entre ellos. Los abundantes pechos continuaron la tarea
que los labios dejaran por un instante, envolviéndolo con la calidez y la
suavidad del tacto de la piel de la dama, que sin duda reafirmaban la firmeza
de los senos que se adivinaba a simple vista nada más verlos.
Sir
Austin hizo un gesto a Gaiel con la mirada, un gemido de placer brotó de sus
labios y sonriendo, invitó a la dama a que tomase asiento, introduciéndose por
completo su miembro, en la suave calidez de la entrepierna de ella.
Los
labios de sir Austin acariciaban los rosados pezones, al tiempo que la dama,
con los ojos entrecerrados de placer, emitía suaves gemidos placenteros,
mientras su cuerpo comenzaba a retorcerse de placer.
—Sir,
ha de facilitarme el nombre del herrero que forjó tan regia espada, a mi amado
esposo, le seria de mucha utilidad blandir una como la que me atraviesa el
vientre en estos instantes, dijo con un quebradizo hilillo de voz ahogado por
los suspiros.
El
cuerpo de Gaiel se retorció en entre el dolor placentero del éxtasis y ahogando
un grito de inmenso placer, agarró el rostro de Sir Austin, clavó las uñas en
su barba y mordió entre acompasados gemidos los labios del hombre. La
respiración entrecortada y los suaves movimientos de caderas de la dama, pronto
provocaron que la calidez de la semilla de Sir Austin inundara el vientre de
Gaiel, la dama dio un gritito cómplice de sorpresa y sonriendo, besó los labios
del Sir, como quien prueba el jugo de la fruta más codiciada.

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