Las
tropas de la alianza sureña llegaron a las tierras dominadas por la Casa Huar, en
la región de Kell. A la quinta jornada de la tercera luna creciente, ocuparon
el inmenso valle tras el bastión de las puertas de Harald.
Thrand
de Harald, el Lobo Blanco, hijo de Avalor de Harald, señor de Barhador, estaba
al mando de un ejército de cinco mil hombres, e Ingimundr de Halldor, heredero
de Asabiam, comandaba una hueste de más de tres mil jinetes y mil espaderos.
Los
señores de la alianza sureña se instalaron en un cerro cercano al vasto
campamento militar. Unas enormes tiendas de campaña de color rojo carmesí
coronaban la cima del cerro, y un sinfín de sirvientes, mozos y servidumbre corrían
frenéticos, acondicionando el lugar para sus señores.
Ingimundr
se acercó al borde de la cima del cerro, cerro desde el que se divisaba gran
parte del inmenso valle sureño. Una suave brisa corrió por sus mejillas, el
joven señor, aún pertrechado con su coraza y cota de mallas, se quitó el yelmo
y dejó que la brisa acariciara sus mejillas, que ahora se veían pobladas de una
espesa barba color oscuro. Los días de marcha desde la lejana región sureña de
Asabiam habían transformado el dulce rostro del joven señor en un cansado y
tenso semblante, ayudado por el polvo del camino.
Miró
intranquilo hacia el norte y entrecerró los ojos, intentando respirar los últimos
soplos de una paz que él había venido a extinguir.
El
Lobo Blanco se acercó a él, su oscura armadura negra y pulida como el ónice
delataba su presencia, el blasón de los Harald, el dragón, lucía atemorizante
en las hombreras de la oscura coraza. Se acercó unos pasos hacia su aliado y,
por un segundo, se quedó en silencio al lado del de Asabiam, intentando
percibir por lo que en sus pensamientos discurría. Se quitó el pesado yelmo de
acero del mismo color que la coraza y respiró profundamente antes de comenzar:
—Saludos,
mi señor Ingimundr, preciosa mañana para conquistar unas tierras.
Ingimundr
lo miró con una mirada deferente, pero exenta de ánimo, cogió el pomo de su
espada con una mano y le dedicó un gesto cortés con la cabeza:
—Hemos
venido a impartir justicia, mi señor, las tierras siguen siendo del thal, la
Casa de Abp es la regente.
—Por
ahora, es bien sabido que los reyes y los señores son a los ojos de los dioses
como marionetas, hoy poseen un poder ilimitado, pero en el futuro…
Ingimundr
hizo un profundo silencio, mientras aún podía sentir la brisa en su rostro. La
conversación no era de su agrado, así que intentó zanjarla lo más educadamente
posible:
—Debe
de ser difícil separarse de su reciente y bella esposa, pariente — continuó el
Lobo Blanco.
—¡Lo
es! Hemos de acabar con esto, deseo volver a mis tierras, entero, a ser
posible.
Thrand
rio jugosamente, mientras le golpeó virilmente el hombro a su pariente, luego
se adelantó un paso y clavó la mirada en el señor de Asabiam:
—¿El
lecho le reclama, mi señor?
Ingimundr
dibujó una sonrisa molesta en los labios, miró duramente a su pariente y
contestó con una áspera pregunta:
—¿Se
dice por el sur que el Lobo Blanco prefiere la guerra que a su esposa? ¿Ha oído
algo al respecto, mi señor? —Luego, guardó un irónico silencio, esperando la
respuesta.
—Los
dragones yacen, viven y mueren donde les place, mi señor Ingimundr. Los
dragones no dan cuenta ni a ciervos ni a águilas, somos indómitos y salvajes.
Ingimundr
lo miró sonriente y le devolvió el golpe de hermano en el hombro. El ruido
hueco y firme de la coraza de Thrand trajo oscuros presagios en la mente del
joven señor de Asabiam:
—La
tienda está dispuesta, hemos de reunirnos para el plan de ataque, Minasben está
a cinco jornadas de aquí, cinco duras jornadas en una región que no conocemos
bien, hemos de preparar el ataque.
Ingimundr
asintió con la cabeza, su rostro se torno árido como las negras tierras de
As’wa, ya no había marcha atrás, la invasión era una realidad cada vez más
cercana y era el motivo por el que su espíritu se encogía. Nunca había sido
religión, ni de su agrado, las guerras de hermanos contra hermanos, y menos
cuando los motivos eran al fin y al cabo un plan de traición, orquestado por el
padre de su reciente esposa Gudrog de Erlings. Este era un buen momento para
echar de menos la presencia en el campo de batalla de su consejero Gléomer. «¿Sabría
Gléomer salir de esta situación? Solo los dioses poseían esa respuesta»,
pensaba.
La
enorme tienda de campaña estaba presidida por una descomunal mesa que dibujaba
casi a la perfección el territorio de la región de Kell, sus ríos, sus valles,
las lomas y los discretos cerros, y las fortificaciones de las casas menores de
Huar. Unas figuras de bronce estaban ordenadas en las diferentes cuadernas del
mapa, junto a la ciudad que correspondía. Unas figuras de bronce de una cabeza
de caballo hacían referencia a las tres ciudades libres, una por cada regente y
ciudad, cada una teñida de un color. Se podía ver el oso de los Gweior, el
halcón de los Cassatan y el perro de los Urugrist de la ciudad blanca, dragones
negros y águilas azules ocupaban su situación actual en el mapa. Todo perfecto
y bien dispuesto junto con ocho copas de vino de la región de sus ancestros,
una para cada uno de los mariscales.
Ingimundr
observó que, a un lado y a otro de la mesa, esperaban ya seis de sus más
cualificados generales, pertrechados con su impoluto uniforme y refrescados,
dispuestos para recibir las órdenes de sus jóvenes señores.
Thrand
se situó en uno de los lados estrechos de la mesa junto a Ingimundr, miró a sus
generales y comenzó:
—Mis
señores, aquí nos encontramos, sé que nunca hemos luchado juntos, sé que no es
del agrado nuestro batallar hermano contra hermano, pero la justicia del thal y
su mandato debe prevalecer por encima de nuestros pensamientos. A estas tierras
venimos para impartir justicia y arrancar de Luominem la semilla del mal que en
Minasben mora…, ¡justicia del thal! —Gritó ansioso Thrand, mientras los
generales aplaudían corteses—. Las intenciones son que nuestro ejército se
dirija por el camino del oeste hacia la ciudad de Minasben. A una jornada de la
llegada a la fortaleza de Kell, nuestros ejércitos se dividirán en dos
facciones: por el centro, los dragones de Barhador comandados por mí; y al
oeste, bordeando las laderas de las montañas, el ejército de Asabiam, espaderos
y jinetes maniobrarán en pinza, ocupando uno de los flancos de la batalla, a la
espera de recibir órdenes. Haremos que el ejército de Huar ataque frontalmente
a nuestras más evidentes filas y, una vez fuera, los rodearemos. Hay que
intentar alejarse de las murallas de Minasben, puesto que están fuertemente
armadas con arqueros y escorpiones, no deseo muertes, deseo la cabeza de Huar
para enviársela al thal.
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